jueves, 29 de mayo de 2008

Reflexiones sobre el lenguaje que solemos emplear


¿A que denominamos conocimiento? A una cierta manera de tener y de ver por sí mismo.
Todo ser dotado de una relativa inteligencia aspira a tener y a ver por sí mismo. Las percepciones le dan un punto de apoyo que él va a utilizar, como mejor le convenga, para soportar el andamiaje de sus propias concepciones.
El conocimiento depende de tres factores esenciales.

Tiempo Espacio Evolución
No conoce de la misma manera el hombre anclado en la estructura mental del tiempo primitivo, del ambiente ingenuo como el individuo de los tiempos clásicos y modernos.
El espacio en los tiempos ingenuos se concreta en un ambiente de imágenes casi tangibles, de
formas al alcance de la mano. El espacio del tiempo preclásico, el hábitat, empieza a cargarse de símbolos, de formas concretas. En los tiempos ingenuos el hombre vio la forma y su grado de evolución le indicó como servirse de ella. Formó símbolos confusos de todo aquello que no lograba racionalizar. Alegorizó a los cuatro elementos – tierra, fuego, aire, agua – que le sirvieron únicamente para la subsistencia corporal y los puso en relación con las fuerzas sutiles de la Naturaleza a las que dotó de posición antropomórfica. La intuición, en aquel entonces, traicionó al discernimiento. No obstante la evolución había logrado una curva en su espiral ascendente que proporcionaba alimento sustancial a la par que material.
En los tiempos modernos se desvelan los mitos, se libera a la fuerza y se la obliga a servir al hombre. El átomo era la última expresión de la materia. Se le embotelló y se le arrojó al fondo del mar. Allá durmió como genio maligno, durante veinticinco siglos. Dos milenios y medio son un segundo en el devenir cósmico. Hoy la evolución capacitó al hombre para arrancarle al átomo su secreto. De puro símbolo en las leyendas de las Mil y Una Noches, y en general de toda la época primitiva, pasó a ser la fórmula más aterradoramente concreta. ¿Cuáles son los cimientos de la ingente proeza? Tiempo, espacio y evolución. Esta trinidad ha llevado al hombre moderno al reconocimiento perfecto de que las más elevadas leyes de la Naturaleza asumen la categoría de una representación cuantitativa. Esto es, que el universo considerado como un todo, es una geometría realizada en cuanto a su
estática y una aritmética viviente en cuanto a su desarrollo evolutivo.
Pero, ¿podemos llegar al conocimiento real de la Realidad?. Qué es en sí la Metafísica?. Es la doctrina fundamental de la Realidad. Al tratar de buscar una solución a este problema básico, se suscita una multiplicidad de concepciones que, hasta el presente, se acoplan y se debaten entre sí en forma violenta. En verdad son concepciones de la mente humana en determinado momento de su evolución, de acuerdo con la capacidad del pensador para ver y tener por sí mismo. En un instante preciso el hombre ve y siente el fenómeno y quiere sumergirse en lo profundo de la causa que lo generó. Al principio, con la filosofía clásica que trataba de tiempos y espacios absolutos, todo encajaba más o menos bien, pero al parecer la concepción einsteniana que sostiene que tiempo y espacio son relativos, hay que cambiar necesariamente el concepto preestablecido y tratar de fundir lo reciente en crisoles que si bien se alimentan de un viejo fuego, aquilatan metales nuevos. Como dijera
Max Planck : “Las grandes ideas científicas no acostumbran a conquistar el mundo por adhesión de sus adversarios, los cuales acaban por convencerse de su verdad y finalmente las adoptan. Es muy raro que un Saulo se convierta en San Pablo. Lo que ocurre es que los enemigos de las nuevas ideas desaparecen o mueren y las generaciones se forman en el ambiente de las nuevas verdades. Quien posee la juventud es dueño del porvenir”.
En un principio el conocimiento es un “saber” que en el hombre natural se manifiesta por un sentido de conservación. El primitivo “supo cómo nutrir” su cuerpo. El preclásico experimentó la necesidad de estimular una curiosidad ya de otro orden. Forjó leyendas y vivió mitos como respuesta al eterno interrogante: ¿ de dónde vengo, a dónde voy?.
Fue necesario que transcurrieran milenios para que surgiera en el escenario del pensamiento el divino Platón, que es el primero en unir el sentido místico a la intuición científica. Otro concepto que necesitó de varias centurias de siglos, y ahora apenas se perfila con la teoría inacabada del Campo Unificado, fue la unidad de todas las fuerzas. A cada una de ellas se le creyó una unidad separada y que actuaba en su propio rango con fuerzas inferiores subordinadas a su exclusivo servicio.
La credulidad retrasó y continúa retrasando al conocimiento. Creer no es conocer, no es entender, no es saber. Sencillamente es contentarse con aceptar las ilusiones que otros han creído y que a la larga han convertido en “sistema”. Si nos limitamos a creer solamente, el conocimiento se para, se detiene. Todos creemos en la Teoría de la Relatividad, ¿ pero de qué nos sirve si no logramos conocerla, saberla y aplicarla?
. Protágoras la había enunciado ya en el siglo de Pericles:
“El hombre es la medida de todas las cosas”
Por un momento la pequeña minoría griega aceptó la máxima y su corolario: “No hay, pues, nada absoluto, la verdad puede ser negada, todo derecho discutido, toda conclusión puesta en duda”. Pero esa minoría fue arrollada por la masa ignara y los sabios hubieron de refugiarse en la cicuta. La ilusión de los dioses asesinó a la esencia del saber.
El mito es el primer conocimiento que adquiere el hombre de sí mismo y del mundo que lo rodea y conforme a ese conocimiento establece sus relaciones armoniosas o perturbadoras. Para él el mito es un estado de conciencia convertido en realidad.
La conciencia mítica es de tal manera que abarca la totalidad. Su única categoría es la unidad concreta. Su ontología no admite disociaciones.
Los modernos desintegramos para conocer.
El primitivo, al contrario, acopla para identificarse con el todo. Aspira, sin saber por qué, a reintegrarse en el universo mediante un dinamismo común.
Qué es
un rito? Un mito puesto en acción. El rito apunta directamente al fondo del mito. Lo suscita, lo refina y lo reencarna cuantas veces lo desea. Tiene la virtud de mantener latente el mito. El héroe que le dio origen desapareció hace centenares de años pero el rito lo resucita y lo pone al alcance de la mano. El mito opera en un tiempo transpersonal que ejerce autoridad para toda extensión del tiempo temporal.
La masa, creyente del mito, toma por verdad la realidad de la cueva de Platón, y repite esa realidad hasta convertirla en estado de conciencia en su completa integridad. El discípulo de Platón sabe que la sombra, que es una realidad, no es una verdad. El vive en el mundo de la conciencia reflexiva.


Tomado de “ De la mentalidad primitiva a la conciencia del átomo”Clemencia Rath, Editorial Kier, 1971

2 comentarios:

carmen dijo...

mi querida ,estudio Metafisica hace ya cuatro años,aun no se identificar bien a los que ya estan muy avanzados,¿tu eres una de ellas?,la cuantica tu sabes,plantea,que todo es una ilusion,tengo la duda;ahora,al leer tus,cada vez mas interesantes articulos,me lo vuelvo a plantear.Abrazos en la Luz!!

Anónimo dijo...

Carmen querida
¿cómo saberlo?
todos debemos atravesar el río del olvido antes de entrar nuevamente en esta dimensión...
Tú lo sabes
Yo lo sé
Quizás sea tan simple como recordar las advertencias del Kybalion: cuando llega el maestro, el discípulo tiene su oido preparado.
Si sirvo para tí, entonces, debo andar en la vanguardia
Quién puede afirmarlo?
Quién puede negarlo?
Consulta en tu interior...el Kristós no descansa, hija mía, simplemente porque no se cansa.

Con todo el Amor del que soy capaz

MIR
mirta cristina