domingo 13 de noviembre de 2011

Continuidad del limonero, por Mir Rodríguez Corderí



El limonero dominaba el panorama desde la ventana que daba al este.

Lo habían plantado el año pasado y ya mostraba orgulloso al mundo
sus primeros proyectos de limoncitos


Atrás, a unos 4 metros más allá y a la derecha el ciruelo de jardín le recordaba su color preferido: el rojo oscuro mal llamado bordó
Más cerca de la ventana y también sobre el lado derecho, el jazmín del país salpicado de sus estrellas blancas tan olorosas crecía exultante por la  columna de madera de la pérgola hasta ocupar , arriba, dos de los cuadrados de la misma.
Escribía
Una primavera espectacular le daba una comunión de aromas (rosas, jazmines, madreselvas), un cielo con una sola estrella –desde esa perspectiva-  y una noche cada vez más cerrada
Algo -no sabía a ciencia cierta qué- le recordó un cuento de Julio
(Continuidad de los parques)
pero ella no tenía ningún sillón de pana verde
ni estaba leyendo libro alguno...tan sólo escribía...
Atrás suyo, y suspirando regular y profundamente para que lo recuerde- en un sillón de tela rústica marrón , su perro pequeño, Jac, un collie border enano.
Había tardado mucho en decidir el nombre...y no lo había decidido aún.
Asímismo había dilatado el previo esquema que acostumbraba hacerse en cada cuento...y empezó sin diseño alguno.
Todo sonaba, olía y se sentía raro.
Todo.
En fin, no siempre es igual, pensó, pero sin dejar de permitir que un escalofrío le dejara la piel de gallina.
Fue justo cuando Jac se bajó y se tendió todo a lo largo en el piso de cerámica que las luces aparecieron a su derecha,  a 3 metros de la ventana.
Pensó- sin ahorrarse hilaridad- en ovnis y cosas por el  estilo.
Sin embargo, las luces fueron acrecentándose hasta ocupar todo el exterior con su color amarillo.
El limonero las absorbía e iba creciendo en consonancia.
-Esto debe ser un sueño- pensó
Pero las luces y la planta no se enteraron de su pensamiento.
Todo comenzó a girar bajo la potente luz glauda.
Ella dejó de golpetear su teclado.
Sus propias manos se volvieron amarillas  y laxas y muertas.
Las ventanas no soportaron la presión externa y los vidrios se rompieron en pequeños pedacitos que, llamativamente, saltaron hacia el exterior.
Entonces fue que el limonero se acercó a la ventana
y metió sus ramas adentro hasta tomarla por entero


En la espesa oscuridad donde estaba
recordó a Cortázar y su cuento Continuidad de los parques.

Pensó que le gustaría mucho ser un limón y servir de alimento o aderezo a una ensalada.

Nada sería igual.

Jac se había vuelto a subir al sillón marrón, como si fuera uno de pana verde

Todo daba lo mismo, pensó.

Y se abandonó al latido del universo, latiendo en consonancia.







 Pintura