jueves, 22 de octubre de 2015

LA ESTACIÓN. Autora: Mir Rodríguez Corderí

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Las diferencias de caracteres entre Carlos y Marina eran el pivote de su relación. Ella era por demás caprichosa, fatua y extremadamente centrada en lo material. Carlos era todo lo contrario, si bien no pasaba ningún tipo de estrechez económica porque su tatarabuelo se había encargado de levantar el imperio empresarial que ahora le tocaba en suerte manejar a él.
Si no fuera por la jobiana paciencia de Carlos, la pareja se hubiera roto hacía tiempo. Sin embargo éste no era el momento adecuado. Él estaba embarcado en una serie de proyectos de expansión que exigían toda su atención. Y Marina parecía estar convencida que la prioridad uno de los que la rodeaban era ella. Bastaron dos negativas de Carlos para ir a una fiesta y a un casamiento a los que la habían invitado para que Marina decidiera en forma unilateral y tajante “que la relación no funcionaba, que ella merecía otro tipo de atenciones y que mejor dejamos todo, nos alejamos y que cada quien llegue a la felicidad con otra persona más adecuada”.
Después de una semana de agobio, malestar, nostalgia y frustración, Carlos decidió delegar parte del negocio en sus mejores gerentes y salir en busca de aires frescos y ambientes no contaminados de recuerdos que la trajeran a su mente.
Previo un repaso de las cosas suspendidas por el asedio agobiante de su novia (¿debía decir “ex novia”?), se decidió por ir a visitar las cementeras que había adquirido dos años atrás. Dejó los arreglos superfluos en manos de su secretario y partió solo, en su auto, hacia ese lugar del noroeste, zona árida, ventosa, con amplitud de clima (mañanas frescas, tardes agobiantes, noches gélidas).
El viaje excedía los 1200 km. Se lo tomó en forma tranquila, como era típico en él y dormitó en un hotel de la ruta a 400 km del destino.
Desayunó con verdadero apetito, pero se descubrió no haciendo lo habitual que era fumar o tomar café en forma desmesurada.
A las dos horas y pico ya visualizaba el cartelito destartalado que indicaba el nombre del pueblo.
El camino de ripio desembocaba en una estación ferroviaria. Desde una distancia de 100 metros detuvo el auto y se quedó como estacado observando esa antigualla.
Tuvo la sensación que se hallaba en el Far West de sus películas de niño. Estaba tan despintada que apenas se podía deducir el color verde que antaño cubría las paredes, llenas de musgo, ladrillos a la vista por caída de la carpeta inicial aparecían como parches de algo que seguramente fue decoroso en su forma original. Los techos de chapa acanalada, supuestamente negros, parecían moteados por la desaparición de la pintura en distintas partes que sugerentemente eran redondas.
El calor era tórrido y decidió allegarse hasta la ventanilla de la estación.
Sabía que había dejado de recibir casi la totalidad de los trenes.
Sabía que el Estado se había olvidado de ese lugar hacía tiempo y en virtud de las distintas reestructuraciones del gasto, gobierno tras gobierno.
Sabía que sólo pasaba un tren carguero que llevaba dos vagones habilitados para conducir gente. Ida y vuelta.
Cuando bajó de su auto, la tierra debajo se levantó como quejándose de su pisada extranjera y una inusual polvareda llegó a mancharle los zapatos, las medias, los bajos del pantalón y no paró hasta tiznar sus mejillas.
Vio al hombre viejo sentado en el único banco largo de la estación, afuera, bajo el precario alero que por lo menos evitaba los lengüetazos de sol y posiblemente parte de lloviznas –aunque no parecía que ese fenómeno meteorológico fuera frecuente- ;sus ropas estaban llamativamente limpias, color sepia, camisa y pantalón. Sombrero de ala tapando parte de su cara, inclinada hacia adelante, apoyada casi en el pecho, dormitando. Botas algo ajadas.
Golpeó la ventanilla de la boletería y…nada.
Entró por la puerta principal que daba a la sala de espera de la estación y…nada de nada.
Cuando salía sintió la voz del anciano que, sin cambiar de posición, le decía –“La boletería y el guardia sólo están cuando llega el tren, los sábados, de 12 a 14 hs. Y los lunes cuando carga gente para ir a la Capital, de 14 a 16 hs.-“
Gracias- musitó Carlos- que procedió a presentarse brevemente con nombre y apellido. Juan Pérez –respondió el viejo- levantando su cara arrugada y encendiendo un cigarrillo.
Carlos subió a su auto y rumbeó hacia el centro del pueblo donde un hotel dos estrellas lo esperaba.
El almuerzo lo dejó pipón –comida abundante y sana, ya se sabe – y hasta se permitió una botella entera de buen vino patero. La duermevela lo encontró enseguida. Marina ocupó su fantasía onírica durante toda la siesta. Ni bien abrió los ojos olvidó el sueño pero tenía la cara empapada por las lágrimas de manera que supo deducir que el contenido del mismo no fue nada halagüeño.
La extrañaba. Profundamente, enteramente, ferozmente, desesperadamente. Sabía que ella no era la mujer que lo podía hacer feliz, pero no podía dejar de pensarla, sentirla, necesitarla. “Es una pesadilla, parece un embrujo” se dijo para sí.
En las dos horas siguientes visitó sus cementeras, habló con los capataces y regresaba contento al hotel -porque no había pensado en Marina en todo ese lapso de tiempo- cuando divisó la estación. Esos despojos decrépitos de lo que fuera antaño una verdadera y próspera construcción ferroviaria, obra de los ingleses.
Desde lejos vio al viejo, en el mismo banco largo, con su ropa y su sombrero característico. Decidió charlar un poco con él, ya que era la única persona que le había llamado la atención.
Buenas tardes, Juan –se escuchó decir con voz alegre-
Hola, Don – respondió el viejo- Tome asiento aquí, a mi lado, estoy cebando unos mates, acompáñeme.
Las dos horas siguientes le parecieron a Carlos un cuento de ficción del que formaba parte activa.
El ocaso lo conmovió casi hasta las lágrimas. Hacía mucho que no veía ponerse al sol de esa manera, con total impunidad.
Pudo degustar los colores rosados y amarillentos de la tierra, árida pero con formaciones rocosas de formas llamativamente humanas.
De pronto, en medio de las primeras estrellas y un cielo que iba anocheciendo despaciosamente, apareció el rostro inefable de Marina. Tembló y se erizó como nunca antes. Se puso melancólico y una compacta tristeza comenzó a habitarlo, de a poco, despaciosamente, mientras se escuchó contarle a Juan Pérez toda la historia. Cómo había conocido a Marina, cómo se había enamorado de ella, cómo habían sido esos 5 años de relación. La toxicidad. La necesidad. La paciencia. La efervescencia que ella le sembraba con sus ocurrencias (adrenalina pura) y lo cáustica que podía llegar a ser con sus desmadres antojadizos y veleidosos.
A medida que hablaba algo iba desinflándose en él, como si fuera un globo pinchado.
Sintió alivio. Sorpresa por sentirlo. ¡Hacía tanto que sólo cohabitaba con la ansiedad y la angustia!
Hablar de sus desdichas lo ayudó como no habría podido sospechar. Ni siquiera con su psicoanalista se había abierto de esa manera.
Pensó que quizás se debiera a que Juan era un ser ignoto, al que probablemente no volviera a ver en su vida.
Pensó que el paisaje, el silencio, lo despoblado de aquel lugar podían haber coadyuvado a su catarsis.
Y, en medio de la oscuridad azul que ya comenzaba a ocupar los espacios, oyó decir al viejo:
-Mire, Don. Esa mujer es como un caballo que no ha sido domado, ni siquiera le han puesto herraduras, no ha soportado a nadie encima ni silla ni correaje ni cuerpo alguno.
El problema de ella es su propia inconstancia, su volubilidad. No tiene límites porque no se los han impuesto ni se le ha enseñado que existen.
Yo le aconsejo que no le haga caso alguno. La indiferencia más abstrusa la irá modelando, le irá formando el carácter y aprenderá a ubicarse en el mundo, en un rol, en una urgencia, en un estado de necesidad.
Para ello debe sufrir previamente las experiencias opuestas. Usted me entiende. Y verá que si usted persiste y no afloja ni un palmo, a la larga tendrá a esa yegua bien criada y bien aprendida.
¿Comprende? –el viejo dejó de hablar. Se quedó suspendido esperando la respuesta de su visitante.
Carlos quedó estupefacto. No podía articular palabra. Por varias razones: la primera, el lenguaje de Juan Pérez, muy lejos de lo coloquial normal; la segunda, la profundidad de su pensamiento, casi filosófico; la tercera, la agudeza existencial de sus conceptos.
Anonadado aún respondió con un escueto “Sí, comprendo”.
Tres meses más tarde, los avisos de Sociales tanto escritos como radiales o televisivos anunciaban la boda entre el famoso empresario Carlos Bazterrica Arizmendi y la bellísima Marina Castro Morón.
Se habló en todos los cotillos del cambio impresionante que había experimentado la personalidad de la desposada. Cómo había suavizado sus maneras, cómo se había estabilizado en la vida y lo llamativo que resultaba ver la forma en que atendía a su marido, tan delicada, tan gentil y prospectiva, acompañándolo en todos sus viajes de negocios y en cada evento al que era invitado.
El elenco masculino del entorno le pedía a Carlos la receta.
El sólo sonreía y exclamaba: se llama Juan Pérez.
Todos creían que era una broma y reían en consecuencia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una historia sencilla, bien contada. Me recordó, una vivencia que marcó mi forma de tratar a las personas. Conocí a un cateto, hombre rudo de campo, cuya sabiduría se asemejaba a la de Juan Pérez de la historia.

Me encantó el post y haber encontrado este blog, aparte de deleitarme con su lectura, me aporta vocablos argentinos, desconocidos para un andaluz, simple lector como yo.

Mi felicitación a la escritora.