lunes, 19 de julio de 2010

El Código , por MIR

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EL CODIGO
Por Mir Rodríguez Corderí


Ignacio estaba  haciendo lo de siempre, su rutina diaria y básica: corregir programaciones hechas por otros o reprogramarlas.
Se había enamorado de la profesión ni bien egresó de la Facultad de Ingeniería, razón por la cual continuó estudiando en el edificio de al lado  hasta llegar a ser lo que ahora era: un Gurú informático.
Tenía todo lo necesario al alcance de la mano, un café expreso doble con doble carga,  semillas y nueces.  Lo único que extrañaba y mucho era el cigarrillo, pero los últimos sucesos le habían conducido de cabeza a la prohibición absoluta de fumar.  A su título de obsesivo compulsivo y sexo-maníaco se vino a sumar una incipiente angina de pecho a sus recientes 43.
En realidad no había nada nuevo bajo el sol: todo era exactamente una copia del día anterior y éste del anterior y así en sucesión rectilínea hacia atrás.
Estaba esa pequeña distorsión visual que lo preocupaba -pequeña por lo fugaz y breve- pero llamativa, angustiante.
Empezó cuando programaba un jueves a las 3 am, todo en silencio como debe ser, en plena oscuridad, con la única luz de la pantalla.  Le gustaba ese momento del día donde Amalia ya dormía y no podía ametrallarlo con reclamos o abochornarlo con  una cara hosca llena de desdén y rechazo. Ella sabía que esas expresiones faciales lo desactivaban y que era una forma fácil y rápida de quitarse sus pretensiones sexuales de encima, las que la comenzaron a agobiar pasados los 5  años de casados y lo que lo  condujo sin más a los brazos de Laura, con quien a los 2 años de amasiato convivió 4 meses, retornando al nido perdido “porque los chicos se extrañan”.
Los muchachos  -ya adolescentes- dormían también a esas altas horas. Disciplina dura, adoctrinamiento bushido. Algo que Ignacio había adoptado para sí mismo cuando purrete.
Estaba hipomaníaco en esos momentos, pero eso era algo de lo que generalmente le gustaba alardear, no estaba para nada reñido con esa condición.  Esas etapas le permitían volar con la imaginación hasta lo indecible. No había límites: todo era expansión y voluptuosidad y eso a Ignacio le encantaba, lo hacía sentirse vivo, de la médula  a la lúnula de la uña.
Contrariamente a lo que pudiera pensarse, era muy disciplinado en cuanto a dieta alimenticia y cosas que debía suprimir porque podían causarle daño.
Tenía una suerte de listado mnemotécnico impresionantemente detallado y preciso, algo insólito en alguien disperso como él, con una tendencia a olvidarse de  poco menos que casi todo.
Sin embargo, aunque suene exquisitamente antitético, Ignacio poseía una memoria –selectiva eso sí- increíble, que patentizaba su vasta cultura a cada instante y en cada oportunidad que fuere necesario.
Eso le facilitaba mucho sus objetivos de enamoramiento, uno de sus hobbies principales: encandilaba desde la palabra escrita. No necesitaba más.  Era todo un poeta sin serlo en realidad, un seductor sin límites, un manipulador emocional.  Así había enamorado a Marga, a través de un grupo de internet en el que coincidieron, con su modo de decir y el color azul oscuro de sus letras.
Salió pesadamente de su abstracción y miró lo que acababa de escribir:
lookahead = read_buf((char*)window,
             sizeof(int) <= 2 ? (unsigned)WSIZE : 2*WSIZE);

    if (lookahead == 0 || lookahead == (unsigned)EOF) {
       eofile = 1, lookahead = 0;

   
No recordaba qué quería decir.
Se preocupó sólo un par de minutos  porque inmediatamente todo comenzó a desdibujarse, ninguna cosa conservó su contorno. La nada se instaló ante sus ojos.
“Respira profundo” – se dijo mentalmente – “Relájate. Ya pasará. Piensa en algo para que tu mente no recepte la preocupación”.
Las palabras de Marga hacía unas  4 horas atrás le vinieron a la pantalla mental. Podía visualizarlas como si realmente estuvieran escritas allí, tal como en el mensajero de Yahoo, en Comic Sans 11 magenta: --- “”quizás se deba a que para amarte con mucha pasión debería entenderse primero toda tu especial naturaleza y eso parece que sólo una mujer lo ha logrado hasta ahora que es la que te ama apasionadamente”” –se refería a ella misma --y que es la que será amada apasionadamente en último término, precisamente por eso..”””
“” Un galimatías. No sé qué decir,..””  --Continuaba ella –“” y ahora vienen todas esas sensaciones a contramano, como que sobro, que estoy siempre de más, que da lo mismo si estoy o si no estoy, que mi ausencia sería....eso mismo, lo que siempre es””.
Se hizo una pausa en la que él adivinó que ella se había echado a llorar.  Era muy sensible.
“”y es cuando no quisiera ser tan inteligente, cuando quisiera ser simple y no pensar, no analizar””.
Marga se había puesto celosa de Laura porque él la había ido a visitar y aunque le juró y perjuró que no había tenido sexo, igual dio pie a una enorme marejada de celos, ingente y asfixiante, como sólo ella podía sacar de la galera en una millonésima de segundo.
“te comprendo, porque sin querer sufres algo parecido a mí, estás lleno de sentimientos por alguien que parece no percatarse de necesitarlos, aunque estés todo tú convertido en un cartel luminoso que grita ”Laura te amo y te necesito” --se detuvo, seguramente para sonarse la nariz y secarse las lágrimas.  La conocía muy bien .
--“y no sirve, Nacho. Es injusto que así sea pero no sirve, a mí no me sirve, tampoco a ti.  Deja de parpadear neón, por favor”… “debe ser nuestro destino, una verdadera mierda.  Cuando menos no me engañas, nunca lo hiciste, siempre supe lo que sientes por Lau”.
“No sé si es coincidencia o qué pero cada vez que últimamente me toca escuchar o leer o no escuchar o no leer verdades duras, tengo a Serrat y Noa cantando Es Caprichoso el Azar“ --
-- Cada nueva vez es un poco más fácil que la anterior”, siguió chateando, “el Universo conspira para que abra los ojos, todo: Amelia, Laura, tu trabajo...”…”Tú no seas pendejo y no te pongas a lamentar como boludo ahora, no tienes nada de responsabilidad en todo lo que a mí me atañe “.--
Ignacio sentía dolor cuando Marga decía esas cosas, pero callaba.  La quería a mares, pero había dejado de amarla, el tiempo había pasado y además un miedo a no ser compatibles le había entrado por no sabía qué intersticio y se había aposentado ahí, sin poder ser desalojado.
“Yo me metí sola a sentir lo que llegué a sentir” – siguió ella escribiendo con sus letras magenta- “Yo me lo propuse y conseguí el mejor amor que en la Historia de la Humanidad se haya podido registrar, porque soy una exitista de la puta madre y porque todo lo mío tiene que ser excelso: desde el hombre de mi vida hasta el amor que le doy hasta el rechazo del que soy objeto”--.
“Nada puede ser tibio, porque no me gusta que me vomiten ni siquiera bíblicamente...y tú que te acercas tanto a lo tibio, por comodidad, por restringir a cero el movimiento y el esfuerzo necesarios…” se detuvo.
Ella padecía muy especialmente su falta de compromiso emocional.  Lo consideraba apático, melancólico, olvidadizo, disconforme con casi todo, fantasioso y depravado.  Pero gracias al dios en quien Nacho no creía, ella con sus grados universitarios, era la que mejor lo captaba, ayudaba y contenía. Si de algo estaba seguro era que le gustaba tenerla ahí, cada día, para comentar todo, lo malo, lo regular, lo bueno, lo extraordinario y lo nimio.  Marga era un eneatipo 2, como ella misma solía aseverar, totalmente comprometida con él y sus circunstancias y empeñada en que no sufriera situación negativa alguna.

Comodidad ¿Y todo para qué? ¿Podrías decirme para qué,  Nacho, podrías?” terminó ella preguntando.
El había tipeado, monosilábicamente -como ella acostumbraba decir- : “No Marga, ni lo sé ni podría”
Ella continuó como si la hubieran pinchado: “¿no sabes ni podrías qué?”…”bah,  ni siquiera vale preguntar…porque si te pregunto si sobro, me dirás que no.  Si pregunto si quieres que me vaya de tu vida, me dirás que no pero que haga lo que creo conveniente, y así , así , asiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii in eternummmmmmmmmmmmm””
- “Cierro, Marga” --
Ignacio sabía que cuando ella comenzaba a teclear así, era mejor retirarse de la arena.
Y así lo había hecho.

Los perfiles fueron haciéndose notar suavemente, como si se dejaran desvelar de a poco.
Se reprochó no haber mirado la hora cuando apareció la oscuridad, "la mancha", como solía llamarla, porque ahora no podía saber cuánto había durado.
Un oleaje de súbita inspiración lo asaltó y comenzó a teclear como enloquecido.
do {
        } while (*(ush*)(scan+=2) == *(ush*)(match+=2) &&
                 *(ush*)(scan+=2) == *(ush*)(match+=2) &&
                 *(ush*)(scan+=2) == *(ush*)(match+=2) &&
                 *(ush*)(scan+=2) == *(ush*)(match+=2) &&
                 scan < strend);
        /* The funny "do {}" generates better code on most compilers */
¡¡¡Qué hermoso!!! – pensó- a la par que se sentía exultantemente orgulloso, como si acabara de ser padre.
-Es lo mismo- , se dijo, no deja de ser una criatura mía.

        do {
        } while (*++scan == *++match && *++scan == *++match &&
                 *++scan == *++match && *++scan == *++match &&
                 *++scan == *++match && *++scan == *++match &&
                 *++scan == *++match && *++scan == *++match &&
                 scan < strend);

        len = MAX_MATCH - (int)(strend - scan);
        scan = strend - MAX_MATCH;



El sentido iba hilvanándose con una precisión casi matemática, exacta, rigurosa.  Escrupulosamente fue armando esa maravilla de programación. ¡Un nuevo algoritmo de compresión de datos!.
Había noches que no podía dormirse pensando que hallaba el código perfecto, un lenguaje informático nuevo, algo espectacular que dejaría a todos boquiabiertos, asombrados.
Una suerte de maravilla sintética, cabal, puntual y simultáneamente capaz de transmitir toda la belleza del mundo.  Era el punto en donde su imaginación se disparaba  y volaba todos los viajes astrales posibles, despertando invariablemente en su cama, con la sensación de haber perdido el último tren.
Su obsesión era tan marcada, que había llegado a soñar que estaba sentado frente a su notebook y que el código tomaba vida, atravesaba la pantalla, se sentaba en el aire frente a sus anteojos y se ponía a charlar con él, preguntándole por sus  cuitas y contándole, a su vez, las suyas: algunas  cefaleas algebraicas ,  mareo por apuntadores salvajes, obesidad de memoria no liberada,  un par de broncas con ciertos softwares  y uno que otro calambre por castings equivocados.  Hablaba y hablaba, tomando café doble, como buen geek, cambiando de color, cada 10 segundos, en una gama de 64 bits razón por la cual Nacho no pudo verlos todos, pero eso sí, ligeramente flúor en la oscuridad de la noche.  Recordaba el sueño y recordaba el entusiasmo que se había apoderado de él mientras lo soñaba.

Esta vez las agujetas  empezaron  a molestarlo casi enseguida.
Comenzó por acalambrarle las piernas. 
Soportó estoicamente el dolor que no dejaba de aminorar cuando un hormigueo horrible se hizo cargo de sus brazos y manos, el pecho se oprimió hasta casi el grito, la respiración se complicó. Le costaba entrar el aire por la nariz y abrió la boca.  Igual: todo parecía no funcionar. 
--Estoy teniendo un infarto—se dijo Nacho y fue ahí cuando todo comenzó a girar a su alrededor.
¿O era él el que giraba?. Techo, paredes, apenas iluminados por la pantalla.  Cerró los ojos fuertemente, como si el vértigo, el mareo pudieran desaparecer con sólo eso.
Habrían pasado unos pocos segundos, cuando percibió que el estremecimiento  generalizado se había interrumpido, abrió los ojos, “estoy en el suelo” se dijo - porque allá lejos, allá muy lejos, se veía su pantalla iluminada de azul.  “Es enorme” pensó casi con miedo a decirlo en voz alta.
Con mucho cuidado se incorporó.  El pánico lo paralizó por completo.
Se quedó ahí por un tiempo imposible de calcular, temblando de arriba abajo, ni bien descubrió que su cabeza apenas llegaba al topete de la pata de  su sillón giratorio.
¿Soñaba?
Todo parecía indicar que no. Que algo insólito lo había convertido en un ser de 4 mm de altura.
“Seguramente sueño, en cualquier momento me voy a despertar”.
Con un esfuerzo de voluntad como jamás había logrado en toda su vida pudo subir por las patas hasta el asiento; de allí por el respaldo hasta arriba de todo. Recorrió el brazo derecho de su sillón. Dio un enorme salto hasta llegar al escritorio. Descansó un rato largo porque el empeño que había puesto en brincar todo eso lo había  dejado extenuado.
Si era un sueño, tardaba en despertar.
Llegó al teclado.  Logró subirse a la primera tecla tomándose fuertemente con los brazos y dando un gran empellón.  Desde ahí la pantalla parecía el cielo de tan grande.  Comenzó a saltar de tecla en tecla: para arriba, a la izquierda, para abajo, a la derecha, derecha de nuevo y así continuó un largo rato.  Le gustaba sentir el ruido de las teclas bajo su peso.
Esto es increíble, se dijo, nadie me creerá esto.
Fue ahí que elevó la cabeza y divisó lo escrito en la pantalla.

                   
strstart++;
                    INSERT_STRING(strstart, hash_head);
                    /* strstart never exceeds WSIZE-MAX_MATCH, so there are
                     * always MIN_MATCH bytes ahead. If lookahead < MIN_MATCH
                     * these bytes are garbage, but it does not matter since
                     * the next lookahead bytes will be emitted as literals.
                     */
                } while (--match_length != 0);
            strstart++;
            } else {
            strstart += match_length;
            match_length = 0;
            ins_h = window[strstart];
            UPDATE_HASH(ins_h, window[strstart+1]);

¡Wow!.
El corazón comenzó a latir furiosamente, parecía saltarle del pecho  y ni hablar del golpeteo de las sienes. 
Una taquicardia bienvenida acompañó el descubrimiento: había escrito un código mágico. 
Después de quedar inmovilizado un tiempo por la misma sorpresa, por lo inaudito de la situación, se sintió feliz como nunca antes y empezó a saltar tecla tras tecla, escribiendo el milagro.
Reía, cantaba y  vitoreaba  a la vez que daba sus zancadas. 
El júbilo lo desbordaba por cada poro, cada suspiro, cada gota de sudor.
El código iba creciendo.  Iba tomando forma.  Lo superaba, lo trascendía, lo interpretaba y a la vez agregaba algo propio.
“Esto no puede ser”, se repetía, “es materialmente imposible”.
Pero la obra lo absorbía y el contento, la satisfacción iban in crescendo, haciendo que el pecho se agotara de tanto tambor, tanta fruición, tanta maravilla creadora.
“Voy a ser multimillonario” – pensó – mientras leía su programa, cansado, agotado como nunca, después de tanto esfuerzo, sentado sobre el borde inferior del teclado.


Amalia entró en la habitación echando pestes.
Ignacio se había quedado toda la noche trabajando y no había ido a la cama.
“Vagoneta, inservible, bueno para nada” – decía  mientras levantaba las hojas caídas, la ropa de Nacho en el piso y la taza con café sin tomar.  
Volvió con el limpiador en una mano y una franela en la otra. 
--¿Adónde estás, se puede saber? --gritó enojada, mientras frotaba la madera del escritorio.
Sintió que tiraba algo al piso, miró pero no vio nada, desistió y volvió a llamar a su marido con voz de “esta vez no te salvas” o “ya vas a ver cuando aparezcas”.

Nadie respondió.
Había desaparecido.


Junto con la Policía llegó Mauricio a su casa, el más amigo, el camarada de rabonas y necedades.
-¿No pudieron hallarlo?- preguntó sumamente preocupado.
-No- dijo Amalia y se echó a llorar, notoriamente alterada.  Si algo era Amalia era eso: nerviosa como la que más.  Insoportable en momentos críticos.
Voy a atender a los oficiales, dijo ella, con una voz muy rara.

Mauricio miró la pantalla.
Lenguaje programático estaba allí, quietito, como diciendo AQUÍ ESTOY.
Creyó oír a Nacho: "¡¡¡Carnal, acabo de lograr el código perfecto!!!".
“Y sí ” -- respondió, mientras leía, con creciente asombro—“Vaya, es realmente perfecto”
Sintió que un leve crujido venía desde abajo.
Miró y no vio nada.
Hubiera jurado que algo había pisado  y cedido bajo  su zapato.
Una angustia sin explicación lo asaltó de golpe.  Se miró las suelas.
En la derecha algo pequeño, de no más de 4 mm aparecía pegado.  Tomó un papel y se limpió
No pudo identificar de qué se trataba, "seguramente una cucaracha" pensó,  sin dejar de sentir un escalofrío

Ignacio jamás apareció
Su código lleva su nombre
Es famoso en todo el orbe










5 comentarios:

Gerardo dijo...

Siendo programador y conociendo los algoritmos de compresión, el cuento es una delicia y un espantoso deja vù

Víctoría dijo...

Leo en tu perfil que eres abogada, y no termino de entender cómo es que sabes de programación. Muy interesante.
No pude terminar de leer esta entrada, pero me dejo muy interesada tu forma de escribir. Bieeen!!
besos!

Anónimo dijo...

muy bueno... la verdad nunca me sentí tan identificado con la descripción de una personalidad... saludos...

Gustavo

Teresa dijo...

Un estilo original que te va conduciendo sin querer a sentirte identificado con el personaje. Un tanto surrealista y Kafkiano, se adentra en un mundo de fobias y sueños que te atrapan como tela de araña.
huifang12

Ángel Saiz dijo...

Esos códigos, que, como el lenguaje de algunas personas, reflejo de su alma, son difícil de descifrar.
Enhorabuena por este trabajo
Un abrazo, Mir.