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lunes, 1 de abril de 2013

El útero



El útero
Mir Rodríguez Corderí


Llueve.
Despacio.
Casi gota a gota.
Desde la ventana que da al Este (sí, la que te gusta) veo los árboles y las plantas llenarse de infinidad de pequeños brillantes, a veces imperceptibles.  La lluvia, se sabe.
Hoy es el primer día del mes de abril y al mismo tiempo el primer día de la semana: lunes.
Acá es feriado –ya lo sabés- y por esa razón no hubo mucho ajetreo ni ruido ni voces ni autos yendo y viniendo.  Aunque  acá esto es casi pan de cada día.  Acá, donde me mudé para vivir en paz y poder escribir en paz (que es lo mismo o casi).
Se suponía que para este día (hoy, claro) tendrías un buen espacio en tu agenda para escuchar mi sueño.  La verdad, quiero contártelo, con lujo de detalles, con olores, colores y sabores si fuera posible.  Para que me des tu opinión.  Pero, por lo visto, no será. Son ya las 18 10 y no he recibido tu confirmación (léase: no vendrás).
Antecedente necesario del sueño fue la pequeña lagartija, oscura, informe, irreal.
Se ve que entró a la casa durante la gran tormenta eléctrica, con fuertes vientos y lluvia atronadora de hace mes y medio atrás.  Se escondió tras la heladera la muy ladina. Y me dio un susto bárbaro un atardecer, cuando casi en la penumbra del ocaso, salió disparada desde mi escritorio hasta su guarida, corriendo de tal manera que no pude distinguir más que una masa amorfa, negra, con cuatro patas raras, de unos escasos 10 cm de largo. Yo miraba el noticiero de las 19 (pleno verano, puesta del sol) y la pude avistar porque se movía tan rápido que no pasó desapercibida. 
No sé cuál de las dos estaba más asustada.
Yo atiné a cerrar todas las puertas y a  tomar un bate de béisbol.
Así pasé casi una media hora, sentada, mirando la heladera como biólogo frente a su microscopio, cuando reuní la dosis de valentía suficiente y comencé a golpear el piso, la chapa del fondo, para provocar la huida de la susodicha, cosa que no sucedió.  Por fin, corrí un poco el artefacto, pero para mi sorpresa no estaba allí.
¿Dónde entonces?
Ya en la cama, con Noir  mi perro belga a mi costado derecho y Jac  mi collie border  enano sobre mis pies, mirando una remake de El cartero llama dos veces, home theater mediante, me fui quedando dormida y olvidé totalmente el episodio del animalucho.
No recuerdo con exactitud, pero 5 días más tarde, día más día menos, estaba en el baño en incómoda posición y la muy taimada salta desde el ordenador buscando refugio detrás de la cortina de la bañera  Veloz como antes, pero esta vez más gruesita y color arena subido con manchitas que me parecieron verdes.
Una vez repuesta y liberada de mi ubicación especial, tomé el secador de piso y comencé a golpear la cortina con regularidad y suma concentración, aunque nada ocurrió.
De pronto veo con creciente terror que mi bata de toalla verde oscuro se movía en forma alarmante.  Lo cierto es que la descolgué del gancho, atravesé envalentonada el living,  abrí la puerta y tiré la bata al camino de laja del jardín que pasa por delante, y, oh sorpresa, un sapito tipo escuerzo salió saltando de mi salida de baño y buscó refugio seguro entre las hiedras que tapizan la parte del muro perimetral que queda justo allí, enfrente.
El resto lo hicieron los perros que , enardecidos, azuzaron tanto al animal que no tuvo otro remedio que intentar huir, cayendo en mis propias manos que, tomándolo por una pata, lo tiré por encima del muro que da al sur, donde el terreno de mi vecino espera pacientemente ser edificado y habitado.
Punto.
No convertí en objeto onírico el asunto  hasta que las charlas con mi hermana, mis clientes-amigos y dos simples-amigos habían pasado cuento y recuento del tema lagartija-escuerzo.
Fue una noche como hoy, con lluvia mansa, que la antenita de mi aparato extrasensorial captó los símbolos y me reprodujo este sueño con un maravilloso dispendio de detalles y sentidos.

Yo era un animal amorfo, sexo femenino, preñada constantemente.
Alimentada en abundancia por un invisible ejército de obsecuentes.
Mieles, ámbares, tiernos tallos y bichitos varios competían con mis ganas de comer.
Las mañanas eran perfectas, las tardes eran horribles, dolorosas, siempre paría un ejemplar
Uno distinto cada vez.
Las noches eran para ser embarazada. Numerosos sementales pasaban por mi alcoba.
En fin.
Supe ahí que el instinto no tiene nada que ver con la libido humana: la fuerza de la necesidad animal tiene otros perfiles, otros sentires y otros destinos.
No me fue permitido ver mi forma, pero pocos detalles me dieron una imagen elocuente: era más grande que los machos, casi el doble. Las uñas me crecían alarmantemente, de manera que había insectos destinados a mantenerlas limadas constantemente, porque de lo contrario, el macho del momento moría casi instantáneamente al inseminarme.  Mi piel era de reptil, del tipo víbora, suave, tersa.  Mis ojos eran de una visión magnificada, algo raro  en mi comunidad. Podía ver a través de la cueva, de la tierra, y a una distancia de un centenar de metros y más. 
Mis pequeños eran retirados de mi presencia a los dos días.
Nunca supe  por qué.
Cada uno, de distinta morfología, despertaba mi pasión maternal y el desapego era doloroso.
Un día, eran aproximadamente las 22 hs. una angustia enorme, ingente, extravagante, me inundó de pronto y ya no quise seguir allí. Acababa de parir un hermoso ejemplar arácnido, de color miel, ciego como es de esperar ni bien nace.  Lo alimentaba. Pero no deseaba sentir el desgarro de la separación que ocurriría indefectiblemente a las 48 horas. De manera que en plena psicosis postparto decidí huir de ese lugar.  Comenzar una nueva vida, menos azarosa, menos dramática.
Tuve que golpear con fuerza la salida de la guarida, cubierta por tierra y lluvias y cascotes y lodo  y pasto y  demás por tanto tiempo.
Casi me abandonaban las fuerzas cuando cedió la arcillosa tapa y la luz del exterior entró súbitamente, encegueciéndome por breve instante.
Algo  atontada  por el esfuerzo, por la emoción y por la incertidumbre, fui caminando por el césped hacia la casa. Noté que iba creciendo con cada paso. A razón de 25 cm por vez. De tal manera que con mi propia pata delantera pude bajar el picaporte de la puerta de entrada a la casa.  El interior me era sumamente conocido. Me movía con facilidad. Fui al dormitorio. No recuerdo cómo encendí la luz desde la tecla ubicada del lado derecho de la pared. Caminé un par de metros
Supe.
Supe que podría por fin verme entera, conocerme, saber cómo era mi exterior.
Di media vuelta.
Miré el espejo por encima de la cómoda.
Y vi una mujer mayor, bien conservada, cabello rubio lacio, flequillo, ojos oscuros, boca chica, piel tersa y blanca, estatura mediana, con una rara mirada compasiva.

Ese es el sueño que hoy iba a contarte, si hubieras tenido un espacio en tu agenda. Pero no.


 El cuadro : Lagartija mágica. 













jueves, 13 de septiembre de 2012

La señal




LA SEÑAL


Mir Rodríguez Corderí


Cuando los gavilanes cruzaron volando mientras echaban al aire sus típicos gritos, Mirna pensó “malas nuevas”.  Inmediatamente se sobresaltó porque, como era obvio, los gavilanes surcaban ese mismo cielo por encima de su quinta ( terreno delante, casa, terreno detrás y quincho + parrilla)   cada día, sin que ese pensamiento viniera a su cabeza.

Se quedó reflexionando  en el significado de "gavilán", de "ave carroñera cruzando el cielo".  Meditó en gritos y en cada simbolismo que implicara mala noticia o mal augurio o mal agüero.

Mirna era una ávida lectora y empecinada estudiosa de cuestiones herméticas, desde que tenía uso de razón.

Lo atestiguaba una biblioteca que ya cubría dos paredes de su refugio-estudio.

El timbre la interrumpió y fueron el chico del carnicero con su entrega diaria y el vecino de enfrente que no perdía la oportunidad de cruzarse para sacarle charla cuando la veía abriendo el portón de hierro.  Se olvidó de las aves, sus alaridos y las consideraciones adosadas a  los mismos.

Esa misma tarde escribía un nuevo cuento.

Su ventana miraba al este y, por ende, no podía visualizar el sol poniéndose, espectáculo que le agradaba sobremaneraLos rojos, ya se sabe.

Pero vio claramente el regreso de los gavilanes echando al aire sus ronquidos de Re mayor y Si menor.  
Sintió nuevamente el estremecimiento de la mañana transitando su espina dorsal como una corriente eléctrica indolora.  
Rememoró otras agujetas igualmente eléctricas e igualmente temibles, rémora de una adolescencia rebelde e idealista.

Sabía que cada amanecer se sorprendía ligeramente porque  no había rastros de parte de la comida que su perro Noir dejaba en el plato, al igual que los huesos que no quedaban del todo limpios de carne.  
Sabía que eran los gavilanes, pero sentía una suerte de orgullo desgarbado por esa doble misión: alimentar a su perro y a los carroñerosIgual sentimiento  le surgía al  ver cómo las aves que le piaban  cada despertar habían ido por el arroz que invariablemente el ovejero belga dejaba en su plato o sobre el césped. 
Con razón  los benteveo, los zorzales, horneros y calandrias parecían cada vez más grandes y no dejaban de visitar sus  jardines ni un solo día en el año.

Le costó dormirse esa noche.

Tuvo un par de sueños absolutamente desapacibles: soñó que Gerardo Sofovich –un famoso empresario televisivo y teatral-  era su novio, la llenaba de halagos y romance pero desaparecía en la niebla onírica sin causa ni motivo alguno.

Acto seguido, soñó con Carlos, su segundo novio oficial, el de los 7 años consecutivos que manifestaba también mucho amor pero una suerte de impotencia sexual que lo obligaba a alejarse con la declaración oficial “de entrar al sacerdocio por una mezcla de necesidad y vocación”. Inaudito en un anarquista, descreído de la religión y de las instituciones de ese orden. 

No supo por qué esos sueños la despertaron , algo sudada, inquieta, aterrada sin percibir  el motivo a ciencia cierta.

No tardó, sin embargo, en saber con quién había realmente soñado: hurgó en el bodegón de conocimientos y surgieron el nombre por un lado y la característica etiquetadora por el otro.

Se relajó al saber que había soñado con su amor platónico su hombre a la distancia.

Desde finales de invierno, cuando la primavera ya era casi una profecía anunciada por las altas temperaturas nocturnas, patentes desde el mediodía hasta las 6 ante meridiano, había optado por dejar las ventanas ligeramente abiertas y  un solo postigón entornado.

El sueño la dominó gracias a la pastilla con melatonina que había tenido la precaución de ingerir.

No podía darse el lujo de prescindir del descanso nocturno ya que la operaban de la tiroides la semana entrante y tenía orden rigurosa de reposo.

El sueño la vencía cuando las palabras pasaron por detrás de sus párpados igual a un cometa fosforescente: “malas nuevas”, y se sumió en un profundo y oscuro abismo sensorial.

La nada.

Ni bien sintió que despertaba, aún sumida en esa nebulosa pre-vigilia, retiró las cobijas de su cuerpo –hacía calor- y tocó algo viscoso, rojo oscuro a pesar de no haberlo visto aún.¿rojo oscuro?

Abrió los ojos, levantó la mano, miró la sangre, ya coagulada y ennegrecida por el paso del tiempo necesario para coagularse y oscurecerse.

Dio un salto como si toda ella fuera un resorte hecho para respingar: a los pies de la cama yacía el gavilán muerto de un golpe de bate de béisbol.

A su derecha, el cuerpo exangüe de un hombre.

Se llevó las manos a los ojos, como para tapar el horror.

“Si no hubiera tomado ese medicamento para dormir profundamente”, pensó

Al mirar sus muñecas pudo constatar idéntica sustancia bordó - vaya ¡su color favorito!- con igual untuosidad, siguiendo por sus brazos, llegando a su garganta, la misma que divisaba por el espejo que obraba arriba de la cómoda : notó que su cabeza colgaba de un costado.

Y se hizo la sombra vertiginosamente.

MIR



lunes, 8 de agosto de 2011

LLamándolo (cuento fantástico)






Llamándolo


Por Mir Rodríguez Corderí


Ella discó el código internacional, el código de área y el número del celular.
El dijo “¡bueno!”.
Ella sintió un ligero estremecimiento por toda la espina dorsal.
Una suerte de escalofrío por  el plexo solar.
Y un pinchazo casi eléctrico en la rodilla derecha.
No habrían pasado 5 segundos y cortó.
Sabía que él se encontraba ese día con su amigo del alma, domiciliado en EEUU, en una zona de grandes  nevadas y anonimato asegurado.
Era consciente que ese amigo no venía varias veces en el año.  Ni siquiera todos los años.
Sabía a la perfección la importancia de la visita de ese sujeto para su amado.
Pero nada le impidió sentirse minúscula y, por ende, ridículamente abandonada.
Ella era sumamente orgullosa.
Con un sentido del honor casi medieval, posiblemente fuera de tono.

Había despertado con una mezcla de terror por lo soñado  y alivio por constatar que se había tratado de un sueño.
Se había visto enmarañada en  una telaraña de proporciones gigantescas.
En el vértice superior había dos arañas de más de metro y medio cada una, que tenían el rostro humano, patas flexibles e inquietas, muy peludas, muy laboriosas, tejiendo y tejiendo sin cesar.
Eran una pareja, macho y hembra, cosa que supo por sus caras,  las que no podía distinguir al principio con claridad.
Ella yacía atrapada por esos hilos, atada de pies y manos, movida de a ratos como títere, obligada a hacer cosas que jamás hubiera imaginado ser capaz.



Cada mediodía la alimentaba otro espécimen más difícil de determinar, que venía tapado por esas telas pao pao con las que se protegen las plantas de los rigores de las heladas en pleno invierno. Blanca, deformante, como si de una gran gasa elástica se tratara. 
Le daba de comer pedazos de carne humana que le causaban un asco espantoso ni bien las veía.  Ni hablar de la repugnancia que le quedaba en el estómago cuando las masticaba y tragaba.  Invariablemente vomitaba hasta quedar totalmente exhausta. 
Lo único que había podido deducir era que ese monstruoso alimentador era médico y se llamaba K. 
Ella llegó a pensar si no estaría metida en medio de un cuento de Kafka, sin darse cuenta que sólo era un sueño.

Era aún  madrugada. Llovía torrencialmente. Había quedado sin fuerzas después de devolver una aorta y una vena cava completa, cuando repentinamente un relámpago iluminó todo el recinto, de manera que pudo distinguir la cara del macho, que siempre dormía de cúbito dorsal con la cabeza cayendo. 
La sorpresa la cortó en dos hemisferios longitudinales y siguió zahiriéndola por todo el resto del día: era él, su amado. 
¿Cómo podía ser posible que él la sometiera a tamaño ultraje? ¿Cómo era capaz de permitir que ella permaneciera esclavizada de esa telaraña, alimentada con restos humanos, absolutamente aterrorizada las 24 horas de cada día?  
Y, a propósito, ¿quién era esa fémina que lo acompañaba en la tortura? Sintió tal desazón que no pudo recuperar el sueño.

Se había planteado un único propósito: ver la cara de la hembra.  Estaba convencida que allí estaba el secreto que develaría toda la trama, que haría que ella entendiera la razón de tamaña sinrazón.
Para ello esperó, no sin impaciencia, la próxima tormenta. 
Como además tendría que procurarse cierto movimiento, dado que la araña femenina dormía tirada hacia atrás , aunque totalmente de espaldas, lo cual le exigía obtener la posibilidad de bambolearse hacia adelante no menos de dos metros y elevarse por lo menos otros dos para así poder llegar a divisar su rostro, decidió dedicarse a una práctica intensa.   

Con suma cautela, con mucha paciencia y esmero, fue estirando, fuera de las horas de vigilia de las arañas, la tela que la aprisionaba hasta que llegó a tener una acción potencial de dos x dos metros hacia adelante y hacia arriba. 
Practicó así sin detenerse toda una semana. 
Por supuesto no dormía en las noches y durante los días – cuando los animales  permanecían en la oscuridad más absoluta- fingía meditar para poder cerrar los ojos y dormitar en sigilo, siempre atenta, siempre alerta, para que la pareja de arañas  no se percatara que se mantenía despierta aun fuera de la vigilia.

Por supuesto llegó la tormenta y llegaron los relámpagos, pero menos intensos y duraderos que la otra vez, tuvo que bambolearse hacia delante y hacia arriba repetidas veces, sin éxito alguno.  Hasta que, por fin, el momento tan ansiado se hizo realidad y bajo la luz fosforescente de un gran relámpago pudo ver el rostro de la hembra: su propia cara.
Su frente/cejas/ojos/nariz/boca/pómulos/mejillas
Ella era su victimaria y su víctima al mismo tiempo.

K seguía alimentándola, pero una tristeza parecida al desengaño comenzó a invadirla, entera, palmo a palmo, pelo a pelo, célula a célula, y el estómago se negó a recibir alimento alguno.
Se fue secando, con la boca cerrada, como engrampada, como cosida con hilos irrompibles o pegada  por algún gel químico de los que suturan.
El descubrimiento terminó por vencer sus últimas resistencias.
Era casi piel y huesos cuando otro relámpago, pero diferente a los que  había conocido la despertó.
Y supo que era un sueño.
Y sintió un gran alivio.



Los habían llamado hacía 5 minutos y ya estaban en el lugar, bajaron con prisa y llegaron hasta el sitio donde yacía una mujer, con el rostro mirando hacia el cielo, en un charco de sangre rodeada por una multitud que quería ver sangre.  

Todos estaban alterados, algunos mera empatía, otros por ser morbo-adictos, otros porque les venía bien quebrar el tedio de un día como cualquier otro.  
El médico K  no tuvo mucho que revisar para saber que había muerto, de manera que comenzó a tomar nota para las consabidas actuaciones policiales y forenses.  


¡ Qué bella mujer!   se dijo y justo cuando iba a pensar "una lástima" oyó una voz femenina decir " No, no es una pena, ella lo quería así, no tenía otra salida "

El galeno levantó la cabeza y no vio a nadie, ni por detrás ni por ninguno de los costados.  Extraño.  Sí, curioso y llamativo.



Ese día cerca de las 12 le había dejado a él una frase corta:  “te amo” y la letra de una canción que había rescatado del olvido el día anterior: “Perhaps love”.
En ese preciso instante estaba escuchándola por los parlantes, cantada por Plácido Domingo y el propio autor, Denver. 
La había puesto en “activar repetición”.  Y eso hacía: se repetía ad infinitum
Lo había llamado al móvil por la tardecita, porque su ausencia en el Messenger le había llamado la atención  y fue ahí que se enteró que él andaba de  compras con su amigo y recordó, nuevamente,  que Marcelo iba a ir a Ciudad de México  para esa época.  Le pidió que se pusiera en contacto en cuanto pudiera y él no lo había hecho aún, su reloj marcaba las 22 19.    Ella en Buenos Aires, él en esa ciudad tan castigada otrora por la contaminación que pasó a ser la vedette de los estudiosos del flagelo en todo el mundo.
En fin.
Supo en ese instante que los engranajes del dolor, la duda y la angustia se echaban a andar, con la ineludible conclusión de siempre: una ingente ansia de suicidarse y poder olvidar todo, todo, todo. Dejar de sentir….ser libre. 
Total, esto no tiene remedio, pensó en voz alta. El mismo disco rayado del desengaño, de la disconformidad, una canción repetida hasta el hartazgo.
Si tan sólo se hubiera atrevido a viajar hacia él dos años atrás, pero las dudas de último momento que lo azotaron la dejaron paralizada.
De pronto, como si se hubiera trasladado con el pensamiento, se encontró  a unos metros de la puerta de calle.  No recordaba nada: ni haber salido de su departamento, ni haber caminado hasta el ascensor, ni haber subido a él.  


 Este idiota debe haberse dado con algo antes de subir a la ambulancia, me tiene hasta las pelotas reverendo hijo de puta, irresponsable,  inútil, me va a meter en un problema gordo cualquiera de estos días,  se dijo el Dr. K mientras soplaba taurinamente.
El portero no salía de su asombro:  -Vaya, la del 7mo A, me ayudó con una demanda laboral de mi padre y no me quiso cobrar ni los gastos, una mujer hermosa pero sola. Mire usted una vez dijo que ella vivía igualmente feliz así, que  su amor imposible residía  a un poco más de 7000 km de distancia. La del 7mo A, ¿quién lo hubiera imaginado?-

Ella observó a unos señores que subían una camilla a la ambulancia.  
Cuando pasó por la cabina del vehículo  llegó a escuchar Perhaps Love, cantado por Plácido Domingo y Denver.  
Se notó repentinamente helada, como si estuviera desnuda.
Pensó en tomarse un avión a  México DF.
Hablaría con él y seguramente arreglarían todo.
Valía la pena intentarlo.
Especialmente antes que el macho araña se diera cuenta que ella no dormía en horas de no-vigilia.





Quiero comentarle a todos que Fraga ha ilustrado este cuento

FRAGA —algún día conocido como Francisco García Aldape— nació en México en 1964. Se define a sí mismo como caricaturimonero multiblogástico, trasnochado de cepa, Barón de los arrabales, melómano intramuscular y humorista bajo en grasas transgénicas; dueño de un espíritu labrado en la madera antigua de un viejo barco pirata, es ...
enemigo declarado de la mala vida y convencido absoluto de que el único paraíso que nos aguarda está en una sala llena de amigos. Más muestras de su humor fraguiano en su BLOG (http://fragacomics.blogspot.com/).











Creación ex nihilo






Creación ex nihilo
Mir Rodríguez Corderí



R
Hacía casi una semana que no aseaba su casa
Culpa de la inopia, de la falta de ganas de hacer algo, del esplín
Culpa de otros
Culpa del mundo (“este mundo hijo de puta, donde todo está mal repartido”)
Culpa del país (“este país de mierda, en el que el que realmente tiene algún valor no gana para mantenerse”)
Pero, principalmente, culpa de sus ingresos que no alcanzaban para pagarle a una mujer que hiciera la limpieza en lugar de ella.  País de mierda, ¡qué se le va a hacer!
Pensando a fondo, tampoco había trabajado gran cosa en estos siete últimos días.  Verano en Europa y por ende, vacaciones, el gran ogro que consumía – ¿debiera decir deglutía? – sus entradas, magras  en época de vacaciones europeas, como es sabido.
Trabajaba para España vía internet, vía teléfono, vía skype y vía lo que venga bien.  La mantenía tranquila en casa, sin necesidad de desplazarse, sin necesidad de invertir tiempo en viajes, ni tiempo ni dinero, quizás lo último pesaba más en la decisión capital que lo otro.  La comida era otro gran motivo justificante. Como es de público conocimiento no es lo mismo comer en casa que pagar el plus que implica comer afuera, así sea  en un roñoso kioscucho de la estación ferroviaria.
Allá lejos –más bien, cerca-  diversidad de diplomas o certificados de cursos/ateneos/congresos/seminarios/bla bla bla   cubrían las paredes de su actual escritorio, una pieza de 3.50  x 3.50, paredes blancas, techo de machimbre , cortinas del color del magisterio romano, el lacre , o algo parecido -lo había leído tantas veces, desde los albores del Derecho Romano, que es lo mismo que decir desde el comienzo de su carrera en Derecho y Ciencias Sociales de la UBA- (¿quién podría creer que era un Diploma de Honor de esa prestigiosa Facultad y un miembro de MENSA Internacional- gracias a su IQ, viéndola ahí, sentada frente a un monitor de los viejitos, cero cuarzo o leds ,  todo debido a los escasos ingresos y al país de mierda/al sistema de mierda/a su jodido destino/ a su karma jamás entendido?)
-Los mejores no saben venderse, no generan guita en forma importante…los que verdaderamente saben están subestimados, infra-valorizados…o quizás, sólo quizás, nadie los busca  pensando que serán demasiado caros, como todo el mundo piensa de lo que tiene un valor intrínseco real.  O, pensándolo bien, no saben venderse porque precisamente son los mejores, y eso tiene un precio que pagar, un orgullo que sostener, un sentido del honor que hace claudicar las mejores intenciones de ascender por la escala social, no por el costado del prestigio, sino por el costado del dinero que retribuye los servicios prestados, la famosa contraprestación tan mentada hasta en el propio derecho privado-
Al que quiere celeste, que le cueste, reza el dicho.
Pero a ella no podían venderle el pescado podrido, ése de “el que quiera pescado, que se moje” porque su historia de vida le indicaba lo contrario. La única que terminaba empapada (en sentido metafórico) era ella.
Nadie busca la excelencia, salvo que cueste mucho, sin saber que la excelencia costosa, NO es excelencia, es simple merchandising, mera propaganda ficticia y utilitaria.
Sí.
Sin lugar a dudas.
Los mejores no se saben vender.
Y tampoco los venden.




Había venido repitiendo sueños catastróficos. 
Aquel parapsicólogo con el que tuvo dos años de correspondencia fluida le dijo que era normal, que la mediumnidad de su abuela y su madre había sido heredada “por vía materna” por ella, que era la  primogénita. También aquel masón, su dentista hasta que pasó a mejor vida, (¿será mejor vida?) con guante blanco, digno de su Principado, había repetido, con palabras distintas pero con idéntico sentido prácticamente lo mismo. Afirmaba “ver su aura”, los colores que rodeaban su cabeza cuando trabajaba en su boca…….pero, ciertamente, no había sido eficiente, le había quitado piezas dentarias a troche y moche, probablemente sin necesidad alguna, ¿chi lo sa?, quizás tan sólo por cobrar enseguida y no brindar un servicio de excelencia.
¡Qué jodido todo!
¡Qué país tan lleno de lacras!
¡Qué espacios vitales corrompidos por el vil metal y la mentira y la deshonestidad y el esnobismo!
Repitamos: había soñado con verdaderas catástrofes.  Una guerra no definida, por la cual debía ir arrastrando su cuerpo por suelos cuando menos pedregosos, buscando refugio en espacios insólitos como dentro del falso lugar detrás de un armario en lo que parecía el dormitorio de su abuela en la casa donde vivió hasta que contrajo matrimonio.  Un hermoso espacio donde se había escondido de niña de imaginarios enemigos que la perseguían sin descanso.
-¿Será que soy una escorpiana típica? ¿Será mi Piscis en Casa V?-

Semejante  imaginación, tamaña fantasía parecían descansar en explicaciones dadas por la Astrología, ciencia (¿debiera decir paraciencia?) que la había subyugado desde edad muy temprana, tanto que la había estudiado en forma no sistémica, mediante una voluntad autodidáctica que la proveyó de infinidad de herramientas: astrología, numerología,  cábala, magia…ya era casi una maga jefa y si no fuera por el significado que a esas palabras le daba la simple otrora  existencia de su maestro dilecto, Jorge Adoum, no sentiría “a nivel dérmico y álmico”  la importancia de serlo.

Cansada   de soñar con guerras donde debía esconderse del enemigo, con sitios de tortura de los que hacia ingentes esfuerzos para escapar, gastando tal cantidad de energía que cuando se despertaba estaba siempre exhausta, como si en realidad el sueño no hubiera sido tal.  Harta ya de repetir sueños cortos, llenos de incógnitas circulares al mejor estilo borgiano, sin conclusión alguna, iterativos ad infinitum, se planteó con gran obstinación  y determinismo dieciochesco que cambiaría el curso de sus sueños.
Por su mera resolución
Por un simple ejercicio volitivo. Algo así como “quod Principi plaçuit...”
Y eso hizo


Conocedora de rituales, mantras, vocalizaciones, tonos, ritmos, pausas, logró hacer una cadena sistematizada y metódica de su decisión: fue desgranando todas sus habilidades, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, en una ininterrumpida secuencia temporal.
Lanzada hacia un infinito incierto, improbable desde los cánones racionales
Ignoto







Inasible Inaccesible
¿Habría sembrado vientos?


Llegó a “ver” el desenlace de los sueños con claridad, de manera de poder cambiarlo con antelación.  De ahí en adelante tuvo cantidad de finales apropiados.
Logró definir la atmósfera del siguiente sueño antes que empezara, pudiendo componer las más variopintas escenas, decorados prodigiosos, paisajes soberbios  y paseos por ciudades que le eran prohibitivos en la realidad
Se sorprendió  arañando con saña a una rival de su adolescencia; cenando a la luz de las velas y música de saxo como telón, con el profesor de Historia Argentina, ése que la había inaugurado en esa manía de Lolita irredenta, en tercer año del secundario; subiendo al Everest con un Brad Pitt perdidamente enamorado; escuchando a Julio (Cortázar, por supuesto) sentado en un sillón de pana verde leyendo una novela, arrobada y arrodillada sobre una alfombra que terminaba frente a la chimenea de leños crepitantes.


Fue un viernes santo que se le ocurrió la peregrina idea
Para ser totalmente francos, venía dándole forma de manera  inconfesa desde la última noche de carnaval, cuando le pareció detectar un no-sé-qué orgiástico en el desfile de carrozas tradicional, que la llevó de golpe a una escena de la película El Perfume que le quedó como marcada a fuego en la memoria, una suerte de hierra de sus sinapsis.

¿Y qué tal si uno pudiera modelar la realidad al igual que se modela el sueño?
Había fagocitado miles de bits de información sobre nanotecnología, física cuántica y cuanto "gato de Schrödinger” hubiera suelto por ahí.
Con el apoyo de una logística de factura propia, tipo #la escalera sube si la veo desde el patio o baja si la veo desde el rellano#, comenzó a programar la tan anhelada realidad
En lugar de un mundo hijo de puta diseñó un mundo sin fronteras donde todo se repartía en forma igualitaria y homogénea.
Al país de mierda lo convirtió en un lugar donde los mejores eran remunerados como tales y no necesitaban salir a venderse como una prostituta corporativa.
Nada quedó librado al azar, ni siquiera el modelo de vida familiar y doméstica.
Todo, cada vestigio, cada poro de la dermis social y personal, fue siendo diagramado hasta sus últimos detalles.
Faltaba pulsar el botón.
Un mecanismo de creación tipo big bang, que había quedado inserto entre la aurícula y el  ventrículo derechos y al que oprimiría con ayuda de un mantra perfecto cantado en C1 (32,7 Hz), una nota más grave que Do (65,41 Hz) y prácticamente irreconocible para el oído humano por esa misma razón.
Una nota muy cercana a los infrasonidos.
Debían concurrir varios factores en ese ansiado momento.
Una luna en cuarto creciente, transitando un signo de aire, Géminis, Libra o Acuario y un sol recorriendo las constelaciones de Tauro, Virgo o Capricornio.


Condiciones climáticas expresas: temperatura bajo cero grado o sobre 50 °; humedad relativa del 70% según fórmula ;
presión atmosférica no menor a ……

Previo a todo trámite, quiso hacer una prueba piloto y creó un asistente, dado que había multitud de cálculos que llevar a cabo.  Para ello introyectó la imagen de un ingeniero mecánico, un químico, un físico, un biólogo,  un médico, un filósofo y un psiquiatra transpersonal…todo lo cual bien batido y mezclado dio lugar a Demian, en directa alusión a Hesse y su Eva primordial.
Fue una noche adecuada de Mayo, con la Luna coqueteando en Géminis y una bendita ola polar que le regaló una madrugada de dos décimas bajo cero,  suficientes humedad y hectopascales.
No le tomó más que quince escasos minutos exhalar el mantra y presionar el trascendente botón coronario.
De ahí en más Demian se ocupó de la afiebrada tarea de apoyatura logística para el objetivo principal: la creación ex nihilo del mundo y del país perfectos.
¿Cosecharía tempestades?



Hacía un centenar de plenilunios que había hecho realidad su más caro sueño
Meditaba sobre ello, acariciando suavemente los mechones ya blancos de su cabello que caían sobre las mejillas, mientras leía el último pasquín de ese grupúsculo que había salido fallado.
Buscaba en su interior alguna pista que la condujera al error, “porque ella jamás había proyectado ovejas negras en su rebaño”, de eso no cabía la menor duda, cuando entró su asistente bamboleándose entre un ataque de nervios y un autocontrol que debía primar sobre su naturaleza inferior pero que presentaba evidentes signos de mal funcionamiento.
< Señora, los mejores están nuevamente en plena asonada >
< ¿Qué piden ahora? > preguntó ella visiblemente molesta
< Autos y casas, señora >
< Pero si tienen mansiones y 3 autos por familia >
< Exigen que se les dé igual tratamiento a sus ayudantes >
< Si cedemos en esta petición, tendremos que pasarnos haciendo casas y autos para ayudantes, auxiliares de ayudantes, sus familiares directos, sus familiares políticos y no pasará mucho tiempo en que las autopistas colapsarán y no habrá un palmo de terreno que no se halle edificado> dijo ella mientras lanzaba un suspiro de pesadumbre al aire. 
< Esta película ya la vi y no quiero transitarla nuevamente, porque de este tipo de situaciones se entra y jamás se vuelve a salir > exclamó.
Demian apartó la vista y la escondió detrás de los vidrios del gran ventanal que daba a la plaza principal.
< No sé, señora, esta vez me parece que no hay retorno, los veo muy determinados, como si supieran algo que desconocemos >
< ¿Has podido averiguar algo más de ese proyecto que guardan tan en secreto? > preguntó mientras sacudía las miguitas del sándwich sobre el alféizar de la ventana, mirando al gorrión que vendría a comerlas al instante.
< No.  Es increíble cómo han aprendido a burlar todos mis controles.  Ya ni siquiera usan internet, todo sea para no dejar pistas ni rastro alguno.  He instalado cámaras en sus habitaciones, baños, cocinas, garajes, autos, maletines, escritorios.  Hay micrófonos de última generación en sus ropas, en sus lapiceras, en sus zapatos y hasta en las cortinas de sus esposas, esos agregados de cabello largo que tanto les gustan y  hasta los he logrado mezclar en forma de micro gránulos en todo aerosol que usen, desodorante, perfume, acondicionador, crema y pomada.  Nada.  Cero resultados.  Ni palabra del proyecto > dijo su asistente notoriamente decepcionado.
< Pues los tiene muy ocupados, ni siquiera duermen, andan abusando de la telepatía. ¿Qué será lo que están pergeñando que vale quedarse en vigilia tanto tiempo? >
< Vaya uno a saber, mejor me voy a redactar la negativa al requerimiento, señora, antes que nos inunden con sus asquerosos pasquines >
< Un mundo loco, Demian, ingrato, sumamente desapegado, después de lo que hemos hecho por ellos.  Parecen empeñados en convertirnos en un país de mierda a toda costa >

< Dios nos libre> se fue mascullando el asistente.



A pocas cuadras del Palacio Principal, un grupo de 20, lo mejorcito de ese país, terminaban de generar el mantra justo para activar un botón que habían insertado en sus laringes.  
Estaban agotados porque no descansaban desde dos semanas atrás, cuando tuvieron que utilizar la telepatía para intercomunicarse, ya que era imposible utilizar la voz sin presionar el adminículo.
La idea surgió del megabrain, cuando recibieron el primer comunicado de La Mandataria negándose a incrementar en un millón de toneladas el alpiste para sus canarios clonados, medida destinada obviamente a impedir que la población de aves creciera aún más.  La Mandataria seguramente privilegiaba su propio descanso a la necesidad de los mejores de estudiar otros comportamientos. 
Ella tenía el secreto de la creación ilimitada: ¿por qué no habrían ellos de poseerlo también?
Decidieron vigilarla estrechamente, leer sus labios, interceptar sus pensamientos, grabar todas sus conversaciones, filmar cada uno de sus escritos. 
Para ello usaron, en reversa, el propio sistema que El Asistente Primero había entretejido en sus vidas, hogares, actividades y pertenencias.  Y así pudieron descifrar el Gran Secreto, poniéndose sin demora alguna a reacondicionar  el método.
Ya estaban en condiciones de producir el milagro: la creación ex nihilo de un mundo perfecto donde no hubiera Mandataria ni Asistente que tuvieran potestad alguna sobre ellos.
Vislumbraban el glorioso día en que visualizarían ese nuevo orden mundial. Habían acordado un Gran Pacto de Silencio.  Sólo ellos, un grupo de tan sólo 20 y, eventualmente,  sus descendientes, manejarían los hilos de toda existencia  humana, animal e incluso vegetal y mineral, de conformidad a sus propios deseos y necesidades y con el fin de lograr su perpetuación.
Esa noche entonarían el mantra para provocar el big bang
El clima acompañaba, el sol transitaba Capricornio y la luna sonreía desde Acuario.



















La ilustración fue realizada por el dibujante argentino MARIO C CARPER