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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una rosa especial, cuento. por MIR




Una rosa especial

Mir Rodriguez Corderí


Consuelo Sandoval había tenido una vida afortunada desde el primer berrido.
No supo jamás de privaciones.
Vivió rodeada del cariño de todos, desde sus padres y  sus nanas, a sus  maestros y amigos.
Desde que sus ojos se abrieron a la luz fue la dueña de una belleza indescifrable que fue siendo mayor cada vez.
Eso la mantuvo rodeada de galanes “a la edad de merecer” que competían en atributos, poder, dinero y status social.
Quienes la habían llegado a conocer  aseguraban que había dos facetas muy diferenciadas de Consuelo.
Una light, aristocrática, snob y pendiente del último grito de la moda.
Otra menos visible –o que ella mantenía más oculta- que gustaba de leer rodeada por la  naturaleza, escuchaba música clásica u ópera, toleraba cualquier diferencia y era  notablemente igualitaria y protectora.
Esa selecta  minoría la cuidaba con marcada deferencia.  La consideraba especial y por ende le otorgaba un tratamiento adecuado.
Era especial.  Muy especial.
Y lo especial requiere especial contemplación.


Era de público y  notorio conocimiento que siendo muy pequeña mostraba un interés obstinado por las plantas y los árboles.  Tanto así que su padre- hombre dedicado a la industria del petróleo- no cejó hasta comprar la mejor mansión del lado este de esa provincia atlántica, a 5 km del mar. 
Tampoco era un secreto que el mismo Thais vino a diagramar los jardines, el bosquecillo con lago propio y todos los caminos que llevaban a las playas hasta donde llegaban los dominios del Sr Sandoval.
No faltaba flor conocida en esos ámbitos, ni árbol que las condiciones permitan.
Se había puesto el acento en las 4 estaciones, de manera que en cada hectárea no faltaban  macizos florales, hiciera calor o frío, ni especie arbórea mostrando su plenitud.

A los 22 años Consuelo se recibió de bióloga botánica.  A los 23 se casó con un científico, naturalista, botánico y zoólogo sueco que acababa de ganar el Premio Nobel por sus logros en taxonomía y ecología.
La pareja ocupó el ala Sur de la mansión, que fue aggiornada y decorada por Consuelo, junto a los profesionales más renombrados de ese momento. 
Sus ambientes  fueron objeto de revistas especializadas en el ramo y no dejó de ser fotografiada y filmada por ningún sector que se considerara top en todo el mundo. 
A 10 metros, en pleno bosquecillo, se levantó una construcción que respetaba la línea arquitectónica de la mansión, destinada a ser el  laboratorio de Gustav.  Allí comenzaría a realizar  sus investigaciones de genética botánica después del año sabático tomado a raíz del casamiento y mientras tanto se edificaba y equipaba su futuro refugio.


Un buen día, cuando Consuelo meditaba la posibilidad de ser madre, un jardinero conchabado por su marido comenzó a plantar en forma metódica  rosales de toda índole.  En el plano original, sólo ocuparían el entorno directo del laboratorio, pero poco a poco fue ocupando más y más territorio, hasta casi rozar el cercado de óleos texanos áureos del lado Sur de la Mansión.
Gustav vivía enfrascado en su última investigación.  Ni siquiera se acercaba a dormir por las noches en el amplio dormitorio matrimonial: lo hacía y por pocas horas en una poltrona que hizo poner en su escritorio privado dentro de la construcción que le había sido asignada para su trabajo.
Era agosto y llovía con truenos y centellas, cuando desde el ventanal principal, Consuelo observó, atónita, cómo debajo de tales inclemencias su propio marido y el jardinero fiel plantaban un rosal de toscas ramificaciones y color verde grisáceo.
Era septiembre fines cuando se abrió la primera rosa negra.  Gustav lloró de emoción.
A principios de octubre casi toda la prensa internacional había pasado por la mansión a fotografiar la rosa y  a entrevistar al nuevo “Carlos Linneo” del siglo XX.

Mientras buscaba desesperadamente a su caniche Antoine, desaparecido por dos días, Consuelo pasó varias veces cerca de la rosa negra y no pudo  dejar de temblar ligeramente.  Le tenía algo de repulsión. No podía comprender cómo crecía en forma exponencial. Originalmente  del tamaño de su puño ahora llegaba casi a quintuplicarlo.
A los 3 días de desistir de la búsqueda de su perrito, desapareció como por arte de magia la hija menor de la cocinera.
Mientras la cuadrilla de la policía rastreaba la zona sin ninguna suerte, absolutamente acongojada por el hecho y por la consecuente intrusión de tanta gente en su privacidad, Consuelo, desde el ventanal principal, miraba el rosal que era la niña de los ojos de su cónyuge.  Sus rosas, ahora dos, parecían repollos inmensos aunque negros.


Supo que estaba embarazada cuando ya rozaba el tercer mes.  Pequeñas pérdidas la habían hecho confundir y fue con los primeros vértigos y náuseas que decidió llamar a su médico de cabecera, quien inmediatamente convocó a un ginecólogo prestigioso que le dio a Gustav la buena nueva.
Tuvo que guardar absoluto reposo por otros tres meses más, mientras era apoyada por inyecciones semanales y complementos vitamínicos.
Cuando le permitieron salir a caminar por los parques el jueves de la última semana de abril, le llamó la atención el silencio reinante.
Ni bien se dio cuenta que era el canto de las aves lo que faltaba, la piel se le erizó  y salió corriendo hasta el rosal negro: estaba repleto de pimpollos del tamaño de un pomelo, medía ya como 3 metros de alto y había hecho sucumbir bajo su peso y su tamaño los arbustos dorados tan amados que ella misma había hecho plantar alrededor del lado  de la mansión que daba al sur.
Esa misma noche,  ni bien terminaron de cenar, le pidió a Gustav conversar un momento.
Su marido, solícito, se sentó al lado de ella, acariciando su pancita como habitualmente solía hacer.
Ya sabían que era un varoncito.
Consuelo fue lo más clara y contundente que pudo ser: Gustav sonrió levemente y le habló de los varios síndromes psicológicos a que una embarazada está sujeta.


Lo cierto es que ni las aves aparecieron, ni animal alguno, ni alimaña otrora visibles en el bosquecillo y en los alrededores
Ella –sin redes de contención- se desmoronó y tuvo que volver al reposo estricto.
El bebé nació fuerte y vivaz, pesando 3 kilos 250 gramos.
No pudo amamantarlo el primer mes.
Tanta alteración y nerviosismo le restó  leche.
Sintió que era muy especial cuando su bebé succionó por primera vez el alimento materno directo de sus pezones.
Creyó que nada podía superar ese momento.
Se sintió como hacía tiempo no acostumbraba hacer: afortunada, dotada, especialísima.
Meciendo la cuna de su primogénito suavemente, meditó en cómo había sido su vida entera, en lo dichosa que había sido al ser tan mimada y protegida.
Una sombra se pinceló en sus ojos cuando llegó a recordar los últimos dos años.
Gustav no era lo que ella había creído.
Era egoísta y vivía exclusivamente para su profesión.
Hasta se extrañaba de haber quedado embarazada, de tan escasas eran las visitas de su esposo a sus aposentos.
Pensó en cortar las ataduras.
Pensó en salvar a su hijo de lo que “intuía” podría pasarle ante el desapego de un padre así y su actual estado de indefensión y debilidad.
Planificó cada hora, cada acto, cada tema, con absoluta prolijidad, porque no se encontraba en peligro su propia seguridad y  libertad sino la de su hijo recién nacido.
Se las ingenió para revisar la agenda de su marido y pudo saber cuándo concurriría a un Congreso de Genetistas.
Sería en  Agosto, en Suecia, una seguidilla de simposios, conferencias, jornadas.  ¡Ideal!.
Casi no podía respirar de la emoción cuando el 15 de agosto Gustav partía lleno de maletas hacia el Aeropuerto. No pensaba volver hasta mediados de septiembre.
De tanta excitación se quedó dormida a las 18 hs., vestida, sobre su cama.
Así la encontró la nana, que se llevó a Liam al cuartito azul programado para él.  El mismo que Consuelo no permitía que el bebé ocupara, insistiendo en tenerlo al lado de su propia cama.
La luz del amanecer la despertó, atreviéndose entre los pliegues de las pesadas cortinas del ventanal principal.


Recordó y sonrió.
Ese día dejaría por fin la mansión y llevaría a su hijito junto con  ella hacia  la paz y la sobrevivencia.
Si Gustav le leyera ahora mismo el pensamiento, la diagnosticaría  demente y la encerraría en algún nosocomio mental caro y exclusivo.
Dio un salto y fue a la cuna vacía.
Gritó.
Gritó tanto que la nana entró con cara desconcertada.
Consuelo preguntó por su bebé.
La nana le indicó el cuartito azul.
Corrió enloquecida hasta él.
Liam no estaba en su camita del cuartito azul.
La nana revisó febrilmente cada rincón del cuartito. No entendía por qué su dueña estaba plácida y quieta mirando por la ventana.
Llamó a  la servidumbre, que no había visto nada.
Avisó a la Policía.
Vinieron las cuadrillas.
El bebé jamás apareció.
Consuelo no dejó de mirar el rosal, que había abierto sus 60 rosas negras, grandes como repollos negros.












jueves, 10 de noviembre de 2011

THAIS




Thais
Mir Rodríguez Corderí

v    El día anterior había habido sudestada, los árboles parecían estar a punto de caer.  Ese tipo de tormentas la fascinaban.  Su nacimiento ocurrió un día   muy lluvioso de noviembre.  Había aprovechado la furia de la naturaleza para deshacerse de un par de situaciones que ya pesaban demasiado.

Hoy, en cambio, el viento era del noroeste, igual de fuerte, igual de amenazante, pero más templado como era de esperar.  Thais lucía  un resfrío aristocrático, como todo lo de ella, porque el descenso de temperatura  brusco de ayer la encontró algo desvestida, al estilo verano y playa.  En cambio este día de jueves a 4 días de su natalicio la acariciaba un conjunto  tejido en suave algodón y seda de pantalón y casaca escarlata oscuro.

El había aparecido así.  Así de cálido y así de suave después de haber protagonizado una tempestuosa entrada en su vida días atrás.  Semejanzas, pensó Thais, tan sólo eso.  Ni siquiera coincidencias significativas ni sincronicidades, que estaban tan de moda.  Sería una mochila linda de llevar, pensó, ¡ojalá se suba a mi tren!  Hacía tanto que no era halagada de esa forma…

(¿Y de qué forma te halaga éste que otros no hayan hecho?, se sintió interrogar desde su mente analítica)

Cierto, era usual que algún hombre intentara seducirla, pero ¿qué había de distinto en éste, entonces?  Me mima, se dijo, y se quedó tiesa mirando el cielo celeste con nubes algodonosas, dispersas.  -Y me interpreta-

Escuchó el chillido de la pava eléctrica.  Era nuevita y aún la sorprendía el barullito que armaba para avisar que el agua ya hervía.  En el apuro apoyó mal la taza y parte del agua cayó sobre su mano izquierda que sostenía el asa…el dolor la hizo soltarla y se rompió en varios pedazos al dar contra el suelo.  Una esquirla vino como lanzada por una misilera a clavarse en su pantorrilla, justo cuando giraba para ir corriendo al baño a poner la mano en agua fría.  Sorprendentemente, el dolor en la pierna la hizo trastabillar y caer, su cabeza chocó primero en el zócalo y luego en los cerámicos.  Perdió el conocimiento.


v    -Debes tener más cuidado, querida- Le susurraba con dulzura él mientras la levantaba suavemente y la llevaba hasta la cama.

El aturdimiento continuaba, de manera que no fue en ese momento cuando se interrogó por las circunstancias y su ordenamiento, como:  ¿Qué hacía él ahí? ¿Cómo había llegado? ¿Cómo se había enterado dónde vivía ella? ¿Quién le había abierto la puerta? ¿Y por qué estaba ella en camisón y él en pijamas?

-Has tenido mucha suerte, amor, hay gente que muere por un golpe así-

Vio que los ojos de él se nublaban ligeramente mientras decía casi como susurrando: -Si te llegara a pasar algo malo, no sé… no quiero ni pensar en la posibilidad-

No fue sino después de hacer el amor como si nunca jamás antes, cuando ya agotados y satisfechos reposaban el uno al lado del otro, las piernas entrelazadas, mirando el cielorraso, que las preguntas se agolparon en la cabeza de Thais.  Pero estaba tan bien así que no les hizo caso.  Él le recitaba su último poema. 

 Mujer que no me sabes
Que sin habértelo propuesto
Me enamoras
Hoy te quiero contar
Toda esa angustia
Que desgranan mis horas
Cuando te tengo lejos
Es como naufragar
Con un manojo de sombras
Por madero
Es como navegar
Sin rumbo fijo
Por un océano de tiempo…

La voz de él se fue alejando.
Una delicia.  Se quedó dormida.


v        Un rayo travieso de sol jugueteaba con sus párpados, cuando Thais abrió los ojos.  Había olvidado correr el pesado cortinado del ventanal.  Deslizó la mano para rozar el costado de Gonzalo…pero no halló nada.

Miró sorprendida la cama vacía.  Buscando algún indicio revisó cada rincón de la casa.  No había nada que indicara la presencia de Gonzalo allí.
Y sin embargo, aún tenía el sabor de su lengua en la boca, el olorcito de su piel brotaba de su propio cuerpo y la sublime sensación de una unión imposible de traducir en palabras.   Había dejado de creer en almas gemelas, pero quizás volviera a hacerlo, después de esta experiencia.
Una cefalea impresionante la tiró en la cama nuevamente.
Se hizo la oscuridad tan velozmente que casi ni se percató.


v Gonzalo escribía un poema inspirado en su nueva compañerita.
Lo había titulado Thais para que ella tuviera la certeza que le iba dirigido

“Mujer que no me sabes
Que sin habértelo propuesto me enamoras…”

Le apasionaba esa mezcla de profundidad espiritual, belleza física, inusual magnetismo, inteligencia, cultura, tolerancia, generosidad y prudencia que ella era.

Con ese poema iba a manifestarle sus sentimientos.
Por la noche la buscaría en el chat y la citaría para el finde.
Tenía la sensación que ella le era recíproca.  Casi la certeza.

Se sirvió un café doble con canela y ron.
Prendió la televisión mientras se dejaba caer sobre el sillón.  Depositó la taza en la mesita de junto, donde estaba su móvil, por las dudas…
Tomó la notebook y la encendió.

El periodista hablaba de la muerte inusitada de una mujer,  la habían hallado tirada en el piso de su cocina, con el cuello roto.  No se hallaron rastros de persona alguna, se había supuestamente resbalado con agua y caído.  La mujer que le hacía la limpieza la encontró así esa misma mañana cuando se aprestaba a asear la casa, de la que tenía llave de acceso y avisó inmediatamente a la Policía.
Se llamaba Thais…
Gonzalo sintió que se helaba. Una insoportable desesperación comenzó a viajar por todo su sistema circulatorio a gran velocidad.  El pecho se le oprimió y la glotis se cerró impidiéndole respirar.  Estaba poniéndose lívido cuando echó a llorar compulsivamente.  Supo que iba a ser un vacío imposible de llenar.

Se quedó mirando el chat recién abierto.

El nombre de ella estaba ahí.

Pero ella no.

Ya nunca más.