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domingo, 21 de febrero de 2010

‘Territorio fuera de toda brújula’: Borges, Cortázar y el ciberespacio







‘Territorio fuera de toda brújula’: Borges, Cortázar y el ciberespacio

Christopher Rollason, Ph.D – Metz, Francia

Ponencia dictada en el I

Congreso de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción
Universidad Carlos III de Madrid, 6 a 9 de mayo de 2008

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‘Allí, en ese territorio fuera de toda brújula usted y yo estamos mirándonos’
Julio Cortázar, ‘Botella al mar’ (1980)


Es ya una hipótesis consabida, al menos en determinados medios literarios y cibernéticos, que entre los más distinguidos y elocuentes precursores de Internet y del universo de las redes se encuentran dos preclaros escritores argentinos, a saber Jorge Luís Borges y Julio Cortázar. La propia Telaraña Mundial ha sido calificada por su creador, Tim Berners-Lee, como ‘el universo de información alcanzable por las redes, una plasmación del conocimiento humano’ . Esta dinámica totalizante y universalizante del ciberespacio tiene, según cierta escuela crítica ya implantada, visibles antecedentes literarios. En las ficciones de Borges y en los relatos de Cortázar, como igualmente en la novela cortazariana Rayuela (1963), se han identificado rasgos determinantes de lo que iba a conformarse como el ciberespacio, como el laberinto, la memoria omnívora, la delirante proliferación de significantes,la comunicación cosmopolita, las agrupaciones especialistas y sectarias, y, tal vez sobre todo, la creación de un universo paralelo que entra en competencia con el mundo familiar hasta el punto de erguirse en alternativa y substituto de éste. Se daría, de este modo, en la obra de ambos autores una prefiguración de múltiples facetas del universo de comunidades virtuales evocado por un apóstol del ciberespacio como Manuel Castells , o del mundo allanado (flat world) que pregona el guru de la mundialización Thomas Friedman .

Así, buen número de ficciones de Borges, entre ellas algunas de las más conocidas, han sido leídas como vaticinando una u otra característica de la Gran Telaraña como la conocemos hoy . Es significativo que muchos de estos textos, incluso cuando señalan los peligros del universo de las redes, hayan encontrado su primera (paralela o hasta única) publicación en la misma Internet. Para citar a la universitaria brasileña Leyla Perrone-Moisés (2007), el fabulista argentino sería, en la totalidad de su obra, ‘profeta de la Web, rehén del presente’. Según el periodista español Ignacio Ramonet (1999), redactor principal del prestigioso Le Monde Diplomatique, en ‘La Biblioteca de Babel’ veríamos un emblema de la hiperproliferación de materia textual, gran parte de ella totalmente inútil, en la anarquía del ciberespacio ; mientras que paralelamente, tanto Umberto Eco (1999) como el estudioso brasileño Virgílio Augusto Fernandes Almeida (2001) argumentan que la memoria indiscriminadamente abarcativa que imagina Borges en ‘Funes el Memorioso’ es una prefiguración de semejante memoria amorfa y amenazadora, pero esta vez colectiva, aquélla que se concretiza en la Red . Otro brasileño, el periodista Janer Cristaldo (2008), retoma el cuento ‘El Aleph’ y su imagen de un espacio energético concentradamente totalizador, como profecía literaria, aunque según él no la primera, de la hiperextensión de Internet . Para el irlandés Davin O’Dwyer (2002), el universo paralelo de ‘Tlön, Uqbar, Orbus Tertius,’ que se va substituyendo paulatinamente por la realidad conocida, sería una premonición, más bien antiutópica, del ciberespacio: ‘Substitúyanse “ciberespacio” o “La Red” por “Tlön”, y tenemos una visión, distópica y mcluhaniana, de los peligros de nuestra sociedad de las redes, advirtiendo contra el cada vez mayor empañamiento de las fronteras entre lo “real” y lo “virtual”‘. La impresionanteprolepsis borgeana se resume en un trabajo del norteamericano Douglas Wolk, publicado en 1999 en la emblemática revista electrónica Salon, en el cual el autor afirma que en ‘El jardín de senderos que se bifurcan’ el laberinto sería la Red, el objeto de culto de ‘El Zahir’ equivaldría al navegador Internet Explorer, el comercio electrónico vendría prefigurado en ‘La lotería en Babilonia’, y, en definitiva, el relato borgeano como tal, con sus infinitas imbricaciones, sería un embrión del universo del hipertexto y de los enlaces, siendo la propia Telaraña ‘el mayor y más invisible de los laberintos de Borges’ .

En cuanto a la obra de Julio Cortázar, e independientemente de que el argentino nacido en Bruselas sea encarado o como fiel secuaz de Borges o escritor de plena originalidad, la crítica ha llegado, si bien de forma menos proficua, a semejante posición sobre su papel de prefiguración de las redes. Afirmó el propio Borges de Cortázar, en 1988, que sus cuentos dan a luz a ‘un mundo poroso en el que se entretejen los seres’; paralelamente, es el narrador de Rayuela quien alaba a Borges como exponente de la ‘teoría de la comunicación’ : así, Borges y Cortázar se sitúan mutuamente como creadores de redes . Sobresalen, además, ciertas semejanzas entrelas cosmovisiones de ambos autores: si José Saramago opinó en 1999 que Borges creó una literatura ritual anunciando un mundo también hecho de rituales , para el escritor uruguayo Omar Prego (1985) la literatura en Cortázar es ‘una especie de substitución de la realidad’ . Los dos argentinos comparten una actitud cultural enciclopédica y omnívora que hace que sus obras hoy se parezcan a una miniatura de la inmensa biblioteca de la Red: así, es siempre Omar Prego quien ve en Cortázar a ‘un argentino que había incorporado a su cultura todo lo que Europa puede ofrecer’ , mientras, paralelamente, para Harold Bloom (1994) la obra de Borges ‘ha asimilado el entero Canon Occidental, y aun más’ . De un modo más radical, argumentó en 1999 Froilán Fernández, periodista venezolano, que ‘Borges y Cortázar sobresalen en la escena latinoamericana como innovadores de la literatura no lineal; lo que se adelanta a la implementación electrónica del hipertexto’, señalando que ‘después de probar con una narrativa circular en el cuento “Continuidad de los parques”, Cortázar ofrece varias secuencias posibles de lectura en Rayuela’ . Este argumento viene repetido desde la Universidad chilena por Álvaro Cuadra, quien, en 2005, calificó la misma novela (o ‘postnovela’) Rayuela de ‘texto paradigmático en cuanto prefigura las posibilidades hipertextuales’ y privilegia la discontinuidad, lo fragmentario y la lectura interactiva, observando a la vez que en este libro Cortázar se sirve, proféticamente, de las imágenes de bitácora y telaraña .

Seguramente, hay cuentos de Cortázar cuyo imaginario ofrece paralelismos visibles, o hasta enlaces vaticinadores, con el ciberespacio. En ‘Manuscrito hallado en un bolsillo’, texto centrado en el metro parisiense, las relaciones humanas se encuentran supeditadas a los esquemas arbitrarios ideados por el protagonista para ‘captar’ a las mujeres que vislumbra en los trenes del metropolitano. El tema de ‘Casa tomada’ es la invasión, tan paulatina como inevitable, de la realidad cotidiana por otra, abrumadora y totalizante, que acaba por substituirse por ella, hasta el momento en que el apartamento haya pasado por fin a ser ya no nuestro sino de ellos. Otro relato curiosamente premonitorio, ‘Las caras de la medalla’, tiene como telón de fondo un lugar tan privilegiado para la historia cibernética como los laboratorios del CERN, el muy famoso Consejo Europeo para la Investigación Nuclear (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire) en Ginebra donde, más tarde y en el mundo real, a partir del año 1990 Tim Berners-Lee había de desarrollar la Gran Telaraña Mundial. El cuento es una exploración irónica de desamor e incomunicación en un universo cosmopolita y ecléctico, el de los científicos internacionales, que ya se parece al de Internet, pero es la ubicación en el CERN, hoy emblema de transformación planetaria y relacional, la que asusta al lector de la generación de las redes. Incluso surge con fuerza, de las páginas de este prefigurador relato, el vocablo ‘telaraña’: ‘la obligación de coexistir tantas horas por semana fabrica telarañas de amistad’ .

En este orden de cosas, la segunda parte de esta ponencia se dedicará al análisis más pormenorizado de dos cuentos cuya posible relación con el mundo cibernético parece no haber sido enfatizada por la crítica: ‘El Congreso’, ficción relativamente tardía de Borges del año 1971 , y ‘Queremos tanto a Glenda’, relato de Cortázar publicado en 1980 .

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En ‘El Congreso’, Borges inventa una agrupación secreta, supuestamente constituida a comienzos del siglo XX, que llega a integrar a iluminados de múltiples proveniencias hasta devenir en ‘una entidad que abarca el planeta’ (36) , asumiendo rasgos que la hacen parecerse extrañamente a Internet. Pudiérase hablar de secta, como en otros textos borgeanos como ‘La secta del Fénix’ , pero aquí el discurso no es de índole teológica, y sería más correcto referirnos a un esbozo de sociedad paralela. El narrador es un argentino llamado Alejandro Ferri, ya de edad avanzada en el momento de narrar, profesor de inglés oriundo de la provincia que ejerce en Buenos Aires; el fundador, uruguayo de origen escocés, lleva el nombre de don Alejandro Glencoe, así constituyéndose en cierto modo como doble del narrador. Las conexiones de los dos con la cultura anglófona plantean el papel, internacional pero a la vez uniformizante, de lo que Ferri denomina el ‘el infinito idioma inglés’ (45). También el nombre Alejandro sugiere la ilustre Biblioteca de Alejandría, precursora de aquella otra, borgeana, de Babel. Glencoe reside en Buenos Aires pero es también dueño de una finca en su país natal, en una zona ‘que lindaba con el Brasil’ (34), encontrándose en la intersección de tres países del Cono Sur, lo cual, sumándose a sus orígenes europeos, lo constituye como un ser a la vez muy latinoamericano y muy cosmopolita . Ferri, el otro Alejandro, ‘modesto hombre gris – que hilvana estas líneas’ (27) se presenta como el único sobreviviente de la agrupación, pero a la vez se contradice al afirmar su eternidad y universalidad: ‘Soy ahora el último congresal. Es verdad que todos los hombres lo son, que no hay un ser en el planeta que no lo sea, pero yo lo soy de otro modo’ (29).

El narrador Ferri se da cuenta de la existencia ‘del Congreso, que siempre tuvo para mí algo de sueño’ (33) a través de un amigo poeta que logra introducirlo en el grupúsculo de ‘quince o veinte’ (31), el cual suele reunirse cada sábado. La mayoría son blancos de sexo masculino y sin duda nutridos burgueses bonaerenses, pero hay al menos una dosis de universalidad en la presencia de una (sola) mujer y de ‘un pastor protestante, dos inequívocos judíos y un negro’ (32), además de otro sujeto de origen anglosajón, ‘Donald Wren, un ingeniero del Ferrocarril Sud’ (33), cuya participación conecta al grupo con el mundo de la tecnología. Con el tiempo, la estructura va internacionalizándose: ‘Llegaban adhesiones del Perú, de Dinamarca y del Indostán’ (36), y ensanchándose con ‘continuas ampliaciones’: ‘Es como estar en el centro de un círculo creciente, que se agranda sin fin, alejándose’ (39). En ambos estos aspectos, el Congreso se comporta de una forma que lo asemeja mucho a la futura Red. Llega el momento en que ‘el Congreso no podía prescindir de una biblioteca’ (39), y a partir de entonces la naturaleza omnívora de la organización se vuelve patente: la biblioteca pasa a integrar ‘diversas y extensas’ obras de referencia, desde Plinio o los enciclopedistas franceses hasta la Britannica e incluso ‘los sedosos volúmenes de cierta enciclopedia china’ (39).

El espíritu cosmopolita, enciclopédico y expansionista de la telaraña que van urdiendo los congresales se plasma en una imagen inquietante cuando Don Alejandro invita a su homónimo a visitar su estancia de Uruguay, llamada ‘La Caledonia’, donde se va construyendo el cuartel general del Congreso. Para el visitante, es un espacio perturbante: pese a su nombre escocés, la finca resulta ser un fenómeno muy del Cono Sur, un encuadre que mezcla características uruguayas y brasileñas. Los albañiles chapurrean ‘un gangoso español abrasilerado’ (42), así creando una confusión de lenguas, y Ferri confiesa: ‘Acaso alguna tarde o alguna noche estuve en el Brasil, porque la frontera no era otra cosa que

una línea travesada por mojones’ (43-44). Mientras tanto la quinta con sus obras se asemeja cada vez más a la bíblica torre de Babel: las obras surgen a los ojos de Ferri como ‘una suerte de anfiteatro despedazado … unos andamios y unas gradas que dejaban entrever espacios de cielo’ (42) – desconcertante simulacro del edificio faraónico e inacabado de Génesis, tal como lo soñaron los Breughel en sus famosos cuadros babélicos. A la vez, lógicamente

, si el relato borgeano evoca el Babel primordial, no puede dejar de recordar simultáneamente, en una muy consciente autocitación, ese otro Babel, posterior, que es la célebre hiperbiblioteca borgeana, pues, efectivamente, la biblioteca del Congreso pretende abarcar ‘las obras clásicas de todas las naciones y lenguas’ (44).

Persiguiendo esta meta de la biblioteca absoluta, Ferri se desplaza a Londres (otra vez impera la cultura anglosajona), y allí frecuenta diariamente la biblioteca del Museo Británico, cazando el fantasma de una lengua universal, ‘un idioma que fuera digno del Congreso del Mundo’ (46). A su vuelta, descubre que la biblioteca del Congreso se ha hecho cada vez más extensa y heterogénea, abarcando desde colecciones completas del diario La Prensa hasta ‘tres mil cuatrocientos ejemplares del Quijote’ (48), pero que la obra de la finca está parada: ‘los albañiles habían interrumpido el trabajo’ (49). Es el inicio del fin, como lo indican tanto el fracaso de la búsqueda de una lengua única como la torre inacabada: esta segunda biblioteca de Babel nunca se completará, y así no es de extrañar cuando Alejandro Glencoe manda quemar todos los libros, mientras otro congresal observa: ‘Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría’ (51).

La empresa parece haber fracasado rotundamente: el Congreso se desagrega, la quinta se vende, y si una vez Ferri y un ex-congresal se cruzan por la calle, ‘fingimos no habernos visto’ (52). La creación de un organismo cosmopolita e iniciático consagrado al saber universal y la superación de las barreras nacionales y lingüísticas se ha quedado en nada. Esta torre de Babel no la ha derribado ningún dios castigador, sino las manos de su propio creador humano, como si ser humano significara reconocer lo incompleto como condición limitadora e insoslayable. Y no obstante, permanece la idea del Congreso como sueño y posible logro de la universalidad. Afirma Don Alejandro que ‘La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca – ahora lo sé – el mundo entero’ (51); confirma Alejandro Ferri que ‘nuestro plan .. existía realmente y era el universo y nosotros

’ (54).

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Si en este cuento de Borges tenemos una dialéctica irresoluta entre utopía y límites, universalidad y localismo, lo que sobresale es la imagen de un grupo de iniciados unidos por su fe en la comunicación, así esbozando el universo de las comunidades virtuales. Parecido fenómeno se da en el relato de Cortázar, ‘Queremos tanto a Glenda’, narración que también gira alrededor de un grupúsculo iniciático y que abarca tanto una aguerrida argentinidad como el internacionalismo (o hasta imperialismo) de la cultura anglosajona. No obstante, el universo cortazariano se revela, aquí como en otros muchos de sus relatos, como más tenebroso y menos racional que el borgeano, pues aquí la creación de comunidades utópicas asume unos rasgos más bien destructores. Este relato espeluznante retrata a una sociedad secreta de admiradores de Glenda Garson, ficticia actriz inglesa que se parece visiblemente a la real Glenda Jackson: una asociación de imaginaria gente unida por una fascinación común que, hoy, recordará ineluctablemente a uno de esos innumerables foros de discusión o newsgroups que pululan en la Red.

Aquí también la agrupación se constituye como grupúsculo en Buenos Aires, y el narrador (sin nombrar) es uno de sus ex-socios que cuenta su historia con retroactividad. El núcleo de admiradores se crea a través de ‘las copas con los amigos después del cine’ (299) . Se trata de hombres y mujeres amantes del cine en general, sea la europea de autor o la más comercial anglonorteamericana: ‘admirábamos a Glenda y además a Anouk … a Marcello, a Yves, … a Dirk’ (300), pero es con una actriz británica que se fascinan: así, Cortázar tanto como Borges deja visible la imprenta de la hegemónica cultura anglosajona, si bien esta vez no en el campo literario sino en el de la cultura visual y de masas . Como el Congreso borgeano (y como Internet), la agrupación cortazariana se extiende paulatinamente: ‘el núcleo se fue dilatando lentamente … y sentimos que crecía casi insoportablemente’ pues ‘éramos muchos los que queríamos a Glenda’ (300). También como las futuras redes del ciberespacio, el nexo de glendianos comienza a adquirir personalidad propia y dinámica autónoma, al hallarse sus asociados unidos por misteriosos lazos, ‘mecánicas no investigables’ (300).

Los socios comienzan a no contentarse ya con las películas de Glenda tal y como están, e, impelidos por una sed utópica, por el afán de modificar la realidad, confían a los miembros más técnicamente orientados la tarea de mejorar sus producciones cinemáticas. En esto los glendianos se parecen a los futuros socios de los foros de discusión Usenet: por ejemplo, en el foro rec.music.dylan, constituido por acólitos del cantautor norteamericano Bob Dylan, es frecuente encontrar contribuciones de dylanitas que, insatisfechos con los setlists (selecciones de temas) de los conciertos del maestro, les proponen a los otros foreros listas ideales, incluyendo canciones que Dylan jamás ha interpretado al vivo, así reescribiendo y mejorando la realidad del admirado artista. En el relato cortazariano, ‘algunos se atrevieron a deslizar críticas parciales, el desconcierto o la decepción frente a una secuencia menos feliz, las caídas en lo convencional o lo previsible’ (301), hasta llegar el momento en que ‘de golpe los errores, las carencias se nos volvieron insoportables’ (302). Entonces comienza la labor de rehacer y perfeccionar las películas, adquiriendo copias para trabajar en ellas, remplazando secuencias enteras, por medios técnicos que, proféticamente, incluyen la informática: ‘la computadora … programó las tareas y las etapas’ (302), el todo con la meta de demostrar que ‘la perfección puede ser de este mundo’ (303).

La filmografía perfeccionada de Glenda asume, pues, en el cuento cortazariano el papel de la segunda biblioteca de Alejandría en el relato de Borges, como símbolo tanto de la identidad del grupo como de su voluntad de rehacer el mundo. No obstante, también este proyecto alcanza a asumir rasgos destructivos, pues en un viraje dramático, comparable con el del auto-de-fe de los libros en Borges, los admiradores de Glenda se yerguen contra la misma y verdadera existencia de su ídolo. Glenda se retira del mundo del cine durante algún tiempo, y luego vuelve en una serie de películas que sus seguidores no tragan, rechazándolas como mediocres e inferiores. Así y para guardar para siempre la perfección de su obra recompuesta por sus labores, resuelven que la única solución es … eliminar a Glenda. ‘Nunca el núcleo tuvo una fuerza tan terrible’ (305): se le encarga a uno de los socios la tarea de acabar con la vida de la actriz, y con el fin de Glenda y, por ende, el de la agrupación de gente que la quería tanto, el relato de Cortázar también acaba. Tal como en ‘El Congreso’, los antiguos socios nunca más tornan a juntarse: ‘estábamos seguros de no volver a encontrarnos en el café …… nos evitaríamos cortésmente en las salas y en la calle. Queríamos tanto a Glenda que le ofreceríamos una última perfección inviolable’ (305-306).

Añadamos que este texto de Cortázar tiene una dimensión adicional, de compleja imbricación con el mundo real, pues en el primer volumen de sus relatos, así como los publicó en 1985. la editorial madrileña Alianza con la mención ‘recopilación … reordenada por el autor’ , ‘Queremos tanto a Glenda’ viene seguido por ‘Botella al mar’, narración presentada como ‘epílogo a un cuento’ que es más bien ensayo, así empañando la frontera ficción/no ficción de la mejor manera borgeana. En este texto, fechado como el relato en 1980, Cortázar cuenta, bajo la forma de una carta abierta a la mismísima Glenda Jackson, lo atónito que se quedó cuando, poco después de la salida de Queremos tanto a Glenda, descubrió que la actriz había vuelto a la pantalla con una película llevando el muy cortazariano título de Hopscotch (en castellano, Rayuela … ). El cuento aún no había sido traducido al inglés, y Jackson no hubiera podido leerlo. Cortázar, efectivamente, ofrece este texto como mensaje enviado desde un lugar liminal, denominado por él ‘ese territorio fuera de toda brújula [en el que] usted y yo estamos mirándonos’ . Por tan extraña sincronicidad, o, en las palabras del autor, tan ‘incalculablemente hermosa simetría’ , mundo paralelo y mundo real se sobreponen y se interpenetran, hasta el punto que tanto el escritor como sus lectores bien pudieran estar ya viviendo en algún universo alternativo como el Tlön que ideara Borges.
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Tanto el relato de Borges como el de Cortázar construyen, en substitución de la realidad cotidiana, un mundo paralelo, ideado y en parte logrado por un grupo de iniciados, el cual posteriormente se desmorona desde dentro, por la destrucción, consciente e intencional, del objeto – en Borges una biblioteca, en Cortázar una mujer – de su voluntad y labor de perfección. Los dos textos son, sin duda, anti-utopías, y sus lectores de hoy pueden legítimamente preguntarse si hay que leerlos como advertencias en contra de un universo de las redes que pudiera asumir fuertes rasgos destructores y deshumanizadores. Es cierto que en el plano puramente literario, como casi siempre en Borges y Cortázar, triunfa la perfección formal y prima la lógica de crear determinado efecto en el lector por el manejo sagaz de la palabra: ambos, como se sabe, fueron secuaces fieles de Edgar Allan Poe y de su concepto del cuento bien hecho, de la maestría del hacedor de narraciones así como la resume Poe en su famosa y lapidaria formulación: ‘un hábil artista literario ha construido un relato’.

No obstante, en cuanto a la naturaleza de sus premoniciones del ciberespacio, las dos narraciones oscilan de una forma perturbadora entre los polos del orden y del caos: pues escribió Cortázar en Rayuela, ‘¿pero qué orden puede ser ese que no parezca el más nefando, el más terrible, el más insanable de los desórdenes?’ . En esa óptica, los dos textos se constituyen como emblemáticos de la compleja dinámica de la Red tal como la identifica José Luís Cebrián, para quien, si bien el ciberespacio genera ‘una especie de diálogo universal y multiforme’ , a la vez ‘esta posibilidad de tener a millones de gentes hablando entre si, en círculos cuya composición racial, nacional, social o cultural puede ofrecer infinitas variantes, … permite imaginar que el sistema de ordenación jerárquica de valores … puede ser sustituido, en gran parte, por el caos’ . Aún así, de los tanteos del Congreso perdura el ideal de la universalidad, y de los laboratorios de los que querían a Glenda permanece el afán de la perfección. Los mas ciberutópicos de los lectores de los dos geniales argentinos podrán concluir de los dos relatos que si el fallo humano por ahora contamina el mundo paralelo de las redes, es el mismo ciberespacio, con su insoslayable dinámica de futuro, el que en un porvenir ya vislumbrable corregirá y superará esa misma imperfección humana.


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NOTAS

1. Cortázar, ‘Botella al mar’, 312.
2. ‘The universe of network-accessible information, an embodiment of human knowledge’. En Berners-Lee, Weaving The Web, Londres: Orion Business Books, 1999. Citado en Crystal, Language and the Internet, 13. Nota: todas las traducciones desde otros idiomas hacia el castellano en este trabajo son las mías, salvo indicación contraria.
3. Véase Castells, The Internet Galaxy, 116-136. Castells nota, en particular, la tendencia a la especialización en las comunidades virtuales: ‘la mayoría de las comunidades en línea son efímeras … redes de sociabilidad ..; el tema alrededor del cual se construye la red en línea define a sus participantes’ (‘most on-line commuities are ephemeral … networks of sociability … the theme around which the on-line network is constructed defines its participants’ – 130).
4. ‘Ahora pueden colaborar y competir en tiempo real un mayor número de personas con un mayor número de otra gente … desde más rincones diferentes del planeta y con un relacionamiento más igualitario que en cualquier época anterior en la historia del mundo’ (‘It is now possible for more people to collaborate and compete in real time with more other people … from more different corners of the planet and on a more equal footing than at any previous time in the history of the world’) – Friedman, The World is Flat, 8.
5. La crítica también ha consagrado a Borges como precursor de otros fenómenos aparte de Internet, como la teoría del caos (chaos theory) (Pineda Cachero, ‘Literatura, Comunicación y Caos’, 2000) o el proyecto del genoma humano (Allen, ‘Genes And Memes’, 1995). Incluso se puede ver un relato como ‘El acercamiento a Almotásim’, reseña de un libro imaginario de un autor inventado de Bombay, como anticipando el florecimiento de un género literario, el de Indian Writing in English, que apenas era reconocido cuando Borges escribió su cuento en 1935. En el caso de Cortázar, su relato ‘El otro cielo’, ubicado en los decimonónicos pasajes cubiertos de París, anticipa muy curiosamente aspectos del Libro de los Pasajes de Walter Benjamin, obra que, si bien escrita antes del relato del argentino, aún no había sido descubierta, en aquel entonces existiendo sólo como un rumor.
6. Perrone-Moisés, ‘Profeta da web, refém do presente’.
7. Ramonet, ”Sur l’Internet, “une rumeur et une info se valent”‘. El autor de esta ponencia ha publicado un texto (Rollason, ‘Borges’ “Library of Babel” and the Internet’, 1999, rev. 2004) en el que refuta parcialmente el planteamiento de Ramonet, argumentando que, si la enorme biblioteca borgeana anticipa ciertas características de Internet (exceso de información, dificultad en separar la mies del rastrojo), hay otros rasgos del ciberespacio que no comparte, ya que la Red es una biblioteca que los propios lectores ayudan a construir y extender. Este estudio se halla citado en los textos de Perrone, Cristaldo y Fernández referidos en el presente trabajo. Para un listado de citas o referencias en línea relativas a ‘La Biblioteca de Babel’, véase Sh’ian, ‘Uses and Adaptations of the Library of Babel’ (2000).
8. Eco, ‘Signs of the Times’, 192. ‘Nuestra sociedad se está preparando para poseer un cerebro electrónico construido según el modelo del cerebro de Funes “el memorioso”. El no poder filtrar conlleva el no poder discriminar’ (‘Our society is gearing itself up to possessing an electronic brain constructed on the model of the brain of Funes “el memorioso”. The inability to filter out entails the impossibility to discriminate’).
9. Almeida, ‘A memória de Borges’. El mismo autor desarrolla este argumento en más detalle en un texto posterior, ‘Realidade e Ficção no Ciberespaço’ (2005).
10. Cristaldo alega, empero, que dicha idea la habría hurtado el famoso porteño a un escritor brasileño, el mucho menos conocido Lobato Monteiro, un pasaje de cuya novela O Presidente Negro (1926) habría servido de inspiración para la célebre descripción borgeana del Aleph. Véase Cristaldo, ‘Uspiana anuncia profeta errado’ (2007 – respuesta al texto arriba citado de Leyla Perrone-Moisés) y ‘Lobato e Obama’ (2008).
11. O’Dwyer, ‘Searching for Cyberspace: Borges and Pynchon’: ‘Substitute “cyberspace” or “the Net” for “Tlön”, and you have a dystopian McLuhanesque vision of the perils of our networked society, warning against the increasingly blurred boundaries between the “real” and the “virtual”‘.
12. Wolk, ‘Webmaster Borges’: ‘Borges’ greatest and most invisible labyrinth’.
13. Borges, ‘Julio Cortázar: Cuentos’, 10.
14. Cortázar, Rayuela, 180 (hay una segunda mención de Borges en esta novela en una lista de influencias redactada por el personaje Morelli (Rayuela, 408)). Añadamos que Cortázar nunca negó la influencia de Borges, dejando claro en sus conversaciones con Omar Prego que el maestro porteño ha condicionado su propia obra sobretodo en lo que hace a la economía del lenguaje (Cortázar/Prego, La fascinación de las palabras, 184).
15. La relación Borges-Cortázar se cuaja de una forma extrañamente concreta alrededor de una realidad a la vez toponímica y textual, el (significativamente llamado) Hotel Cervantes de Montevideo, donde en diferentes momentos se hospedaron ambos escritores y que constituye el encuadre de ‘La puerta condenada’, relato de Cortázar decididamente borgeano en su osmosis entre cotidiano y fantástico (véase Cortázar/Prego, La fascinación de las palabras, 76).
16. Citado en Rollason, ‘Encontro com José Saramago’, 3: ‘uma literatura ritual anunciando um mundo, também ele, ritual’.
17. Cortázar/Prego, La fascinación de las palabras, 25.
18. Cortázar/Prego, La fascinación de las palabras, 17.
19. Bloom, The Western Canon: ‘his [Borges'] best work … draws upon the entire Western Canon and more’ (p. 471).
20. Fernández, ‘Borges binario’.
21. Cuadra, ‘Hipertextualidad y literatura’, 58.
22. ‘Otro dato más que interesante es que la imagen que sirvió de matriz a Rayuela y que aparece consignada en el log-book o bitácora de la obra, es justamente, la telaraña (web, en inglés)’ (Cuadra, ‘Hipertextualidad y literatura’, 59).
23. Cortázar, ‘Las caras de la medalla’, 169. Para una análisis detallada de este relato, véase Rollason, ‘”Las oficinas del CERN”‘; notemos también, en Rayuela (p. 430) la frase siguiente: ‘la raza humana sale de la edad media para ingresar en la era cibernética’.
24. Borges, ‘El Congreso’ (publicado separadamente, Buenos Aires: El Archibrazo, 1971; recogido en El Libro de Arena, Buenos Aires: Emecé, 1975; reedición, Madrid: Alianza, 1997).
25. Cortázar, ‘Queremos tanto a Glenda’, en Queremos tanto a Glenda (México: Nueva Imagen, 1980; recogido en Los Relatos, 1, Madrid: Alianza, 1985).
26. Referencias parentéticas a los números de página de ‘El Congreso’ (edición Alianza, citada arriba).
27. En este cuento el narrador afirma la existencia, desde tiempos inmemoriales, de una secta clandestina y enigmática, cuyos adeptos viven ‘desparramados por la faz de la tierra, diversos de color y de rasgo’: ‘una sola cosa – el Secreto – los une y los unirá hasta el fin de sus días’ (Borges, ‘La secta del Fénix’, 191). La ubicación de ciertos sectarios en Ginebra (ibid., 189) crea, así como la referencia al CERN en ‘Las caras de la medalla’ de Cortázar, un curioso enlace con la invención de Tim Berners-Lee.
28. Incluso, al ser su padre ‘oriundo de Aberdeen’ (“El Congreso’, 34), Alejandro Glencoe se enlaza con una figura literaria tan internacionalista como George Gordon, Lord Byron, considerado como inglés pero quien, al ser su madre de Escocia, vivió de niño y frecuentó la escuela en esa ciudad escocesa, y cuya abigarrada carrera hubiera podido llevarlo a aventuras bolivarianas en Latinoamérica si no hubiese fenecido dramáticamente en Grecia. Sobre el ‘proyecto latinoamericano’ de Byron, véase Marchand, Byron: A Portrait, 313, 376.
29. Referencias parentéticas a los números de página de ‘Queremos tanto a Glenda’ (edicion Alianza, citada arriba).
30. Referencias a Anouk Aimée, Marcello Mastroianni, Yves Montand, y Dirk Bogarde.
31. En el intertexto de otro relato cortazariano, ‘Las babas del diablo’, se nota igualmente la compleja imbricación de la cultura cinemática ‘comercial’/angloamericana y ‘de autor’/europea, pues ese cuento fue llevado a la pantalla en 1967, bajo el título Blow-Up, por Michelangelo Antonioni, cineasta italiana de la escuela europea, quien no obstante eligió para el principal papel femenino a la muy conocida británica Vanessa Redgrave, creando así un curioso paralelismo extratextual con Glenda Jackson.
32. Cortázar, Los relatos, 1, Madrid: Alianza, 1985, nota en la cubierta trasera.
33. Cortázar, ‘Botella al mar’, 312.
34. Cortázar, ‘Botella al mar’, 312..
35. Para los planteamientos de los dos autores sobre Poe, véanse Borges, ‘Edgar Allan Poe’, y Cortázar, ‘El poeta, el narrador y el crítico’. Como es sabido, Cortázar tradujo al castellano la totalidad de los cuentos de Poe, así como sus más importantes obras de ensayística. Para algunos enlaces intertextuales entre el norteamericano y ambos argentinos, véase Rodríguez Guerrero-Strachan, “Idea de Edgar A. Poe en la obra crítica de Jorge Luís Borges” y ‘”Manuscrito hallado en un bolsillo”: Reescritura cortazariana del clásico de Edgar Allan Poe.’
36. ‘A skilful literary artist has constructed a tale’. Poe, ‘Nathaniel Hawthorne’, 188; tr. Cortázar como ‘Hawthorne’, 135.
37. Cortázar, Rayuela, 93.
38. Cebrián, La red, 84.
39. Cebrián, La red, 91.

OBRAS CITADAS

A. Obras de Borges

Borges, Jorge Luís. Volúmenes de relatos:

- El Aleph. Buenos Aires: Losada, 1949; edición aumentada, Buenos Aires: Losada, 1952; reedición, Madrid, Alianza, 1971.
- El Libro de Arena, Buenos Aires: Emecé, 1975; reedición, Madrid: Alianza, 1997.
- Ficciones. Buenos Aires: Sur, 1944; edición aumentada, Buenos Aires: Emecé, 1956; reedición, Madrid: Alianza, 1971.

Relatos individuales (referencias a las ediciones Alianza):

- ‘El acercamiento a Almotásim’, en Ficciones, 37-46.
- ‘El Aleph’, en El Aleph, 155-174.
- ‘El Congreso’, en El Libro de Arena, 27-54.
- ‘El jardín de senderos que se bifurcan’, en Ficciones, 101-116.
- ‘El Zahir’, en El Aleph, 105-116.
- ‘Funes el Memorioso’, en Ficciones, 121-133.
- ‘La Biblioteca de Babel’, en Ficciones, 89-100.
- ‘La lotería en Babilonia’, en Ficciones, 71-80.
- ‘La secta del Fénix’, en Ficciones, 189-194.
- ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’, en Ficciones, 13-36.

Otros textos:

- ‘Edgar Allan Poe’, en Jorge Luís Borges y Osvaldo Ferrari, Diálogos, Barcelona: Seix Barral, 1992, 349-353
- ‘Julio Cortázar: Cuentos’, en Biblioteca personal. 1988. Madrid: Alianza: 1997, 9-11.

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B. Obras de Cortázar

Cortázar, Julio. Volúmenes de relatos y novelas:

- Los relatos (volúmenes 1, 2, 3 y 4). Madrid: Alianza, 1985.
- Rayuela. 1963. Barcelona: Bruguera, 1980.

Relatos individuales:

- ‘Casa tomada’, en Los relatos 3, 7-12.
- ‘Continuidad de los parques’, en Los relatos 2, 7-8.
- ‘El otro cielo’, en Los relatos 3, 13-34,
- ‘La puerta condenada’, en Los relatos 2, 53-62.
- ‘Las babas del diablo’, en Los relatos 3, 205-219.
- ‘Las caras de la medalla’, en Los relatos 3, 168-181.
- ‘Manuscrito hallado en un bolsillo’, en Los relatos 1, 75-86.
- ‘Queremos tanto a Glenda’, en Los relatos 1, 299-306.

Otros textos:

- ‘El poeta, el narrador y el crítico’ [introducción], en Edgar Allan Poe, tr. Cortázar. Ensayos y críticas. Río Piedras: University of Puerto Rico Press, 1956; reedición: Madrid: Alianza, 1971, 13-61.
- ‘Botella al mar’, en Los relatos 1, 307-312.
- La fascinación de las palabras: Conversaciones con Julio Cortázar [entrevistas con Omar Prego]. Barcelona: Muchnik, 1985.

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C. General

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Agradezco a Claudio Bergara, Recortes de un Outsider

El universo paralelo de Tlön desde la pluma borgiana



Tlön, Uqbar, Orbis Tertius
[Cuento. Texto completo]

Jorge Luis Borges

I

Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Oukbahr... Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de uno de los atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.

Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunque -tal vez- literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosas índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de Uqbar.

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían al artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo trece, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección idioma y literatura era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön... La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero -Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, 1874-figura en los catálogos de librería de Bernard Quaritch.1 El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercero volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.

Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaedía... Entró e interrogó el volumen XXVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar.

II

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente... Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado nunca su estadía en esa región... Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía pronuncian gaúcho) y nada más se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En setiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde -meses después- lo encontré. Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas. En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A First Encyclopaedia of Tlön. vol. XI. Hlaer to Jangr. No había indicación de fecha ni de lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia práctica una somera descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo. Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.

En el "onceno tomo" de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor Ibarra, en un artículo ya clásico de la N. R. F., ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel Martínez Estrada y Drieu La Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar. Ese arriesgado cómputo nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras... dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme recordar que las contradicciones aparentes del Onceno Tomo son la piedra fundamental de la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su concepto del universo.

Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son -congénitamente- idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los idiomas "actuales" y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluyue lunó. Upward, behind the onstreaming it mooned.

Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-de1 cielo o cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados, la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra. Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número. Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas indoeuropeas y otros muchos más.

No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que los hombres de ese planeta conciben el universo como una serie de procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo. Spinoza atribuye a su inagotable divinidad los atributos de la extensión y del pensamiento; nadie comprendería en Tlön la yuxtaposición del primero (que sólo es típico de ciertos estados) y del segundo -que es un sinónimo perfecto del cosmos-. Dicho sea con otras palabras: no conciben que lo espacial perdure en el tiempo. La percepción de una humareda en el horizonte y después del campo incendiado y después del cigarro a medio apagar que produjo la quemazón es considerada un ejemplo de asociación de ideas.

Este monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho es unirlo a otro; esa vinculación, en Tlön, es un estado posterior del sujeto, que no puede afectar o iluminar el estado anterior. Todo estado mental es irreductible: el mero hecho de nombrarlo -id est, de clasificarlo- importa un falseo. De ello cabría deducir que no hay ciencias en Tlön -ni siquiera razonamientos. La paradójica verdad es que existen, en casi innumerable número. Con las filosofías acontece lo que acontece con los sustantivos en el hemisferio boreal. El hecho de que toda filosofía sea de antemano un juego dialéctico, una Philosophie des Als Ob, ha contribuido a multiplicarlas. Abundan los sistemas increíbles, pero de arquitectura agradable o de tipo sensacional. Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase "todos los aspectos" es rechazable, porque supone la imposible adición del instante presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito el plural "los pretéritos", porque supone otra operación imposible... Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente.2 Otra escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que la historia del universo -y en ellas nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas- es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio. Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.

Entre las doctrinas de Tlön, ninguna ha merecido tanto escándalo como el materialismo. Algunos pensadores lo han formulado, con menos claridad que fervor, como quien adelanta una paradoja. Para facilitar el entendimiento de esa tesis inconcebible, un heresiarca del undécimo siglo3 ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre, cuyo renombre escandaloso equivale en Tlön al de las aporías eleáticas. De ese "razonamiento especioso" hay muchas versiones, que varían el número de monedas y el número de hallazgos; he aquí la más común:

El martes, X atraviesa un camino desierto y pierde nueve monedas de cobre. El jueves, Y encuentra en el camino cuatro monedas, algo herrumbradas por la lluvia del miércoles. El viernes, Z descubre tres monedas en el camino. El viernes de mañana, X encuentra dos monedas en el corredor de su casa. El heresiarca quería deducir de esa historia la realidad -id est la continuidad- de las nueve monedas recuperadas. Es absurdo (afirmaba) imaginar que cuatro de las monedas no han existido entre el martes y el jueves, tres entre e1 martes y la tarde del viernes, dos entre el martes y la madrugada del viernes. Es lógico pensar que han existido -siquiera de algún modo secreto, de comprensión vedada a los hombres- en todos los momentos de esos tres plazos.

El lenguaje de Tlön se resistía a formular esa paradoja; los más no la entendieron. Los defensores del sentido común se limitaron, al principio, a negar la veracidad de la anécdota. Repitieron que era una falacia verbal, basada en el empleo temerario de dos voces neológicas, no autorizadas por el uso y ajenas a todo pensamiento severo: los verbos encontrar y perder, que comportan una petición de principio, porque presuponen la identidad de las nueve primeras monedas y de las últimas. Recordaron que todo sustantivo (hombre, moneda, jueves, miércoles, lluvia) sólo tiene un valor metafórico. Denunciaron la pérfida circunstancia algo herrumbradas por la lluvia del miércoles, que presupone lo que se trata de demostrar: la persistencia de las cuatro monedas, entre el jueves y el martes. Explicaron que una cosa es igualdad y otra identidad y formularon una especie de reductio ad absurdum, o sea el caso hipotético de nueve hombres que en nueve sucesivas noches padecen un vivo dolor. ¿No sería ridículo -interrogaron- pretender que ese dolor es el mismo?4 Dijeron que al heresiarca no lo movía sino el blasfematorio propósito de atribuir la divina categoría de ser a unas simples monedas y que a veces negaba la pluralidad y otras no. Argumentaron: si la igualdad comporta la identidad, habría que admitir asimismo que las nueve monedas son una sola.

Increíblemente, esas refutaciones no resultaron definitivas. A los cien años de enunciado el problema, un pensador no menos brillante que el heresiarca pero de tradición ortodoxa, formuló una hipótesis muy audaz. Esa conjetura feliz afirma que hay un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad. X es Y y es Z. Z descubre tres monedas porque recuerda que se le perdieron a X; X encuentra dos en el corredor porque recuerda que han sido recuperadas las otras... El Onceno Tomo deja entender que tres razones capitales determinaron la victoria total de ese panteísmo idealista. La primera, el repudio del solipsismo; la segunda, la posibilidad de conservar la base psicológica de las ciencias; la tercera, la posibilidad de conservar el culto de los dioses. Schopenhauer (el apasionado y lúcido Schopenhauer) formula una doctrina muy parecida en el primer volumen de Parerga und Paralipomena.

La geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría visual es la superficie, no el punto. Esta geometría desconoce las paralelas y declara que el hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan. La base de su aritmética es la noción de números indefinidos. Acentúan la importancia de los conceptos de mayor y menor, que nuestros matemáticos simbolizan por > y por <, Afirman que la operación de contar modifica las cantidades y las convierte de indefinidas en definidas. El hecho de que varios individuos que cuentan una misma cantidad logran un resultado igual, es para los psicólogos un ejemplo de asociación de ideas o de buen ejercicio de la memoria. Ya sabemos que en Tlön el sujeto del conocimiento es uno y eterno. En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles -el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos-, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres... También son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto. Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos. Hasta hace poco los hrönir fueron hijos casuales de la distracción y el olvido. Parece mentira que su metódica producción cuente apenas cien años, pero así lo declara el Onceno Tomo. Los primeros intentos fueron estériles. El modus operandí, sin embargo, merece recordación. El director de una de las cárceles del estado comunicó a los presos que en el antiguo lecho de un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes trajeran un hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento probó que la esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la pala y el pico no logró exhumar otro hrön que una rueda herrumbrada, de fecha posterior al experimento. Éste se mantuvo secreto y se repitió después en cuatro colegios. En tres fue casi total el fracaso; en el cuarto (cuyo director murió casualmente durante las primeras excavaciones) los discípulos exhumaron -o produjeron- una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la busca... Las investigaciones en masa producen objetos contradictorios; ahora se prefiere los trabajos individuales y casi improvisados. La metódica elaboración de hrönir (dice el Onceno Tomo) ha prestado servicios prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta modificar el pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir. Hecho curioso: los hrönir de segundo y de tercer grado -los hrönir derivados de otro hrön, los hrönir derivados del hrön de un hrön- exageran las aberraciones del inicial; los de quinto son casi uniformes; los de noveno se confunden con los de segundo; en los de undécimo hay una pureza de líneas que los originales no tienen. El proceso es periódico: el hrön de duodécimo grado ya empieza a decaer. Más extraño y más puro que todo hrön es a veces el ur: la cosa producida por sugestión, el objeto educido por la esperanza. La gran máscara de oro que he mencionado es un ilustre ejemplo. Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro. Salto Oriental, 1940. Posdata de 1947. Reproduzco el artículo anterior tal como apareció en la Antología de la literatura fantástica, 1940, sin otra escisión que algunas metáforas y que una especie de resumen burlón que ahora resulta frívolo. Han ocurrido tantas cosas desde esa fecha... Me limitaré a recordarlas. En marzo de 1941 se descubrió una carta manuscrita de Gunnar Erfjord en un libro de Hinton que había sido de Herbert Ashe. El sobre tenía el sello postal de Ouro Preto, la carta elucidaba enteramente el misterio de Tlön. Su texto corrobora las hipótesis de Martínez Estrada. A principios del siglo XVII, en una noche de Lucerna o de Londres, empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta y benévola (que entre sus afilados tuvo a Dalgarno y después a George Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago programa inicial figuraban los "estudios herméticos", la filantropía y la cábala. De esa primera época data el curioso libro de Andreä. Al cabo de unos años de conciliábulos y de síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país. Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo para la continuación de la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció; después de un hiato de dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América. Hacia 1824, en Memphis (Tennessee) uno de los afiliados conversa con el ascético millonario Ezra Buckley. Éste lo deja hablar con algún desdén -y se ríe de la modestia del proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país y le propone la invención de un planeta. A esa gigantesca idea añade otra, hija de su nihilismo:5 la de guardar en el silencio la empresa enorme. Circulaban entonces los veinte tomos de la Encyclopaedia Britannica; Buckley sugiere una enciclopedia metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras auríferas, sus ríos navegables, sus praderas holladas por el toro y por el bisonte, sus negros, sus prostíbulos y sus dólares, bajo una condición: "La obra no pactará con el impostor Jesucristo." Buckley descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo. Buckley es envenenado en Baton Rouge en 1828; en 1914 la sociedad remite a sus colaboradores, que son trescientos, el volumen final de la Primera Enciclopedia de Tlön. La edición es secreta: los cuarenta volúmenes que comprende (la obra más vasta que han acometido los hombres) serían la base de otra más minuciosa, redactada no ya en inglés, sino en alguna de las lenguas de Tlön. Esa revisión de un mundo ilusorio se llama provisoriamente Orbis Tertius y uno de sus modestos demiurgos fue Herbert Ashe, no sé si como agente de Gunnar Erfjord o como afiliado. Su recepción de un ejemplar del Onceno Tomo parece favorecer lo segundo. Pero ¿y los otros? Hacia 1942 arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez uno de los primeros y me parece que algo sentí de su carácter premonitorio. Ocurrió en un departamento de la calle Laprida, frente a un claro y alto balcón que miraba el ocaso. La princesa de Faucigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de plata. Del vasto fondo de un cajón rubricado de sellos internacionales iban saliendo finas cosas inmóviles: platería de Utrecht y de París con dura fauna heráldica, un samovar. Entre ellas -con un perceptible y tenue temblor de pájaro dormido- latía misteriosamente una brújula. La princesa no la reconoció. La aguja azul anhelaba el norte magnético; la caja de metal era cóncava; las letras de la esfera correspondían a uno de los alfabetos de Tlön. Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real. Un azar que me inquieta hizo que yo también fuera testigo de la segunda. Ocurrió unos meses después, en la pulpería de un brasilero, en la Cuchilla Negra. Amorim y yo regresábamos de Sant'Anna. Una creciente del río Tacuarembó nos obligó a probar (y a sobrellevar) esa rudimentaria hospitalidad. El pulpero nos acomodó unos catres crujientes en una pieza grande, entorpecida de barriles y cueros. Nos acostamos, pero no nos dejó dormir hasta el alba la borrachera de un vecino invisible, que alternaba denuestos inextricables con rachas de milongas -más bien con rachas de una sola milonga. Como es de suponer, atribuimos a la fogosa caña del patrón ese griterío insistente... A la madrugada, el hombre estaba muerto en el corredor. La aspereza de la voz nos había engañado: era un muchacho joven. En el delirio se le habían caído del tirador unas cuantas monedas y un cono de metal reluciente, del diámetro de un dado. En vano un chico trató de recoger ese cono. Un hombre apenas acertó a levantarlo. Yo lo tuve en la palma de la mano algunos minutos: recuerdo que su peso era intolerable y que después de retirado el cono, la opresión perduró. También recuerdo el círculo preciso que me grabó en la carne. Esa evidencia de un objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba una impresión desagradable de asco y de miedo. Un paisano propuso que lo tiraran al río correntoso. Amorim lo adquirió mediante unos pesos. Nadie sabía nada del muerto, salvo "que venía de la frontera". Esos conos pequeños y muy pesados (hechos de un metal que no es de este mundo) son imagen de la divinidad, en ciertas religiones de Tlön. Aquí doy término a la parte personal de mi narración. Lo demás está en la memoria (cuando no en la esperanza o en el temor) de todos mis lectores. Básteme recordar o mencionar los hechos subsiguientes, con una mera brevedad de palabras que el cóncavo recuerdo general enriquecerá o ampliará. Hacia 1944 un investigador del diario The American (de Nashville, Tennessee) exhumó en una biblioteca de Memphis los cuarenta volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tlön. Hasta el día de hoy se discute si ese descubrimiento fue casual o si lo consintieron los directores del todavía nebuloso Orbís Tertius. Es verosímil lo segundo. Algunos rasgos increíbles del Onceno Tomo (verbigracia, la multiplicación de los hrönir) han sido eliminados o atenuados en el ejemplar de Memphis; es razonable imaginar que esas tachaduras obedecen al plan de exhibir un mundo que no sea demasiado incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos de Tlön en diversos países complementaría ese plan...6 El hecho es que la prensa internacional voceó infinitamente el "hallazgo". Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden -el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas -traduzco: a leyes inhumanas- que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres. El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles. Ya ha penetrado en las escuelas el (conjetural), "idioma primitivo" de Tlön; ya la enseñanza de su historia armoniosa (y llena de episodios conmovedores) ha obliterado a la que presidió mi niñez; ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada sabemos con certidumbre -ni siquiera que es falso. Han sido reformadas la numismática, la farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan también su avatar... Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue. Si nuestras previsiones no erran, de aquí a cien años alguien descubrirá los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlön. Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de Browne. 1Haslam ha publicado también A General History of Labyrinths. 2Russell. (The Analisis of Mind, 1921, página 159) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que "recuerda" un pasado ilusorio. 3Siglo, de acuerdo con el sistema duodecimal, significa un período de ciento cuarenta y cuatro años. 4En el día de hoy, una de las iglesias de Tlón sostiene platónicamente que tal dolor, que tal matiz verdoso del amarillo, que tal temperatura, que tal sonido, son la única realidad. Todos los hombres, en el veniginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare. 5Buckley era librepensador, fatalista y defensor de la esclavitud. 6Queda, naturalmente, el problema de la materia de algunos objetos.

Dos Mentes, Idea y Media: Una mirada en la literatura: los mundos paralelos

Dos Mentes, Idea y Media: Una mirada en la literatura: los mundos paralelos

Una mirada en la literatura: los mundos paralelos



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Hola
No hac
e mucho efectué un llamamiento público a través de una serie de preguntas relacionadas al grado de influencia de los media sobre el fenómeno ovni
Hoy
hago lo mismo, pero esta vez se trata de la literatura y los conceptos improbables lanzados por las que el escepticismo denomina pseudociencias
Espero que se sumen muchas voces a este ejercicio dinámico e interactivo, no me fallen.
Comenzaremos por un tema cautivante de por sí: los mundos
Paralelos
MIR
  • Universos Paralelos???







La noche boca
arriba
[Cuento. Texto completo]
Julio Cortázar
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la
guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bru
scamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia polic
ial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, co
mo si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confu
sión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se
enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le
cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos
las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
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XIII Premio de Novela Ateneo Joven
EL MAPA DEL TIEMPO : LOS MUNDOS PARALELOS


Londres, 1896. Innumerables inventos hacen creer al hombre que la ciencia es capaz de conseguir lo imposible, como demuestra la aparición de la empresa Viajes Temporales Murray, que abre sus puertas dispuesta a hacer realidad el sueño más codiciado de la humanidad: viajar en el tiempo, un anhelo que el escritor H. G. Wells había despertado un año antes con su novela La máquina del tiempo. De repente, el hombre del siglo XIX tiene la posibilidad de viajar a otras épocas, como hace Claire Haggerty, una joven acaudalada e insatisfecha que está convencida de que ninguno de sus pretendientes puede ofrecerle el amor verdadero. Esa insatisfacción la llevará a viajar al año 2000, donde se enamorará de un hombre del futuro, un hombre que en su época aún no ha nacido, con quien vivirá una historia de amor a través del tiempo. Pero no todos desean ver el mañana. Andrew Harrington es un joven que pretende suicidarse al comprender que nada podrá borrar el dolor que que siente por la muerte de su amada, una prostituta llamada Mary Kelly, que fue la última víctima de Jack el Destripador. Pero abandona la idea cuando le ofrecen viajar ocho años en el pasado para salvarla de la muerte él mismo. Y el propio H. G. Wells sufrirá los riesgos de los viajes temporales cuando un viajero del futuro llegue a su época con la intención de matarlo para publicar sus novelas con su nombre, obligándolo a emprender una desesperada huida a través del tiempo, atravesando la II Guerra Mundial y los años ochenta hasta perderse en un futuro tan remoto como insondable.

En El mapa del tiempo Félix J. Palma teje una fantasía histórica tan imaginativa como trepidante, una historia llena de amor y aventuras que rinde homenaje a los comienzos de la ciencia ficción, y transportará al lector al fascinante Londres victoriano en su propio viaje en el tiempo.

EL MAPA DEL TIEMPO (6): LOS MUNDOS PARALELOS
Os he mentido. Durante todo este tiempo no he hecho otra cosa que mentiros vilmente. Mi novela El mapa del tiempo no trata de viajes en el tiempo. Trata de mundos paralelos, que ejercen en mí una fascinación aún mayor que los viajes temporales. Mundos paralelos, sí, esos casi plagios del nuestro que surgen cada vez que tomamos una decisión, cada vez que escogemos un camino y rechazamos el resto, ramificando así el universo, enmarañándolo o enriqueciéndolo, pero en cualquier caso rebañando todas y cada una de sus posibilidades.
Los viajes en el tiempo han fascinado al hombre desde siempre, especialmente a los científicos, que no cesan de debatir sobre las posibilidades de que puedan llevarse a cabo, y a los hacedores de ficciones, por supuesto, a cuya imaginación ofrece unas alas incuestionables. Se dice que el primer relato que trató el asunto fue El reloj que marchaba hacia atrás, de Edward Page Mitchell, escrito en 1881. En nuestro país, apenas unos años después, el dramaturgo español Enrique Gaspar publicó El anacronópete, la primera novela de la que se tiene noticia en la que aparece una máquina del tiempo, aunque sólo permite viajar al pasado. Se trata de un libro delicioso por la ingenuidad que hoy nos despierta, ya que el anacronópete, una enorme caja de hierro fundido, solo necesita volar alrededor de la Tierra en sentido contrario a su rotación para retroceder en el tiempo. Y como no podía ser de otro modo, el funcionamiento de la máquina se nos explica con todo lujo de detalles durante dos arduos pero entrañables capítulos, según la moda impuesta por Verne. Si a alguno le interesa esta obra, escrita en formato de zarzuela, puede encontrarla en Minotauro, exquisitamente editada.
A pesar de que, como ya he dicho, fue el primer autor en concebir el viaje en el tiempo mediante un artefacto mecánico -hasta el momento se habían realizado usando la magia, la hibernación, las drogas o la hipnosis-, nadie menciona a Gaspar como precursor de los viajes temporales, sino a H. G. Wells, quien con su novela La máquina del tiempo le arrebató toda la gloria. No es extraño, ya que Wells fue mucho más hábil a la hora de hilvanar una explicación científica verosímil, que mezcló, además, con una especulación filosófica acerca del futuro. Con el correr de los años, los escritores de ciencia ficción han ideado todo tipo de formas de viajar en el tiempo, ya fuera con cachivaches similares a la máquina de Wells, algunos con el añadido del desplazamiento espacial, como los spider volantes que conducen los patrulleros de Guardianes del tiempo, la novela de Poul Anderson, o mediante otros métodos, como los portales temporales creados por algún fenómeno natural o artificial de esos capaces de causar una fisura en el continuo espacio-tiempo, o incluso, si me apuran, por el despertar de una marmota, como sucede en la deliciosa Atrapado en el tiempo.
Pero más interesante que el cacharro en el que se realiza el viaje, es su por qué. Y hay un motivo por cada escritor de ficciones, aunque el que se lleva la palma es el de querer salvar el mundo, deshaciendo algún horrible futuro mediante la eliminación del hecho del pasado que lo desencadenó, que es a lo que últimamente se dedica Peter Petrelli en Heroes. Pero los propósitos pueden no ser tan nobles, y nunca falta quien pretende alterar el pasado con espurios fines personales, por lo que incluso debe crearse una policía del tiempo, como sucede en la entretenida Timecop, de Jean-Claude van Damme. También pueden organizarse viajes de estudio, naturalmente, aunque habría que vender muchas camisetas para viajar al jurásico y presenciar las carreritas de los velociraptores. O realizarse con fines turísticos, como ha hecho un servidor en El mapa del tiempo.
Pero, ¿puede cambiarse el pasado, ya sea deliberadamente o pisando sin querer la ubicua mariposa que provocará la onda de cambio capaz de remodelar el presente, bautizada en algunas ficciones como "cronoseísmo"? Los estudiosos y creadores se dividen en dos bandos a la hora de responder esta cuestión. Los aburridos dicen que no, que el tiempo posee un blindaje que lo mantiene inalterable, una especie de autoconciencia que vela por su cohesión, lo que evitaría que se produjesen paradojas como la conocida paradoja de la abuela: ¿qué pasaría si viajo al pasado y le vuelo la cabeza a mi abuela antes de que la pobre tenga descendencia?
Evidentemente yo no llegaría a nacer, por tanto, ¿cómo podría viajar en el tiempo para cargármela? Eso viene a ser una variante de lo que le sucede a Marty McFly en Regreso al futuro. No mata a su madre antes de que tenga descendencia, pero sí logra por error que se enamore de él, en vez de hacerlo de su futuro padre, por lo que el resultado es el mismo: él no nacería. Aunque en la peli Michael J. Fox no desaparece al instante, sino que dispone de tiempo extra para intentar reparar el entuerto.
Pero estábamos hablando de mí, el asesino de abuelas. Si eso ocurriera, si yo viajara al pasado para eliminarla en un universo que resultara inalterable, la pistola me estallaría en las manos, o fallaría el tiro y mataría al oso que iba a devorarla, convirtiendo mi viaje en algo necesario, pues lleva incorporado el cambio mismo. Al querer matar a mi abuela, evitaría su muerte, mira por dónde.
La otra teoría es mucho más atractiva, en mi opinión. Afirma que el pasado no está protegido, que puede cambiarse a nuestro antojo. ¿Qué pasaría entonces si viajara en el tiempo con el propósito de matar a mi abuela? Pues que no llegaría a mi universo, sino a un universo paralelo, idéntico al mío, salvo por un detalle: la presencia de un viajero del tiempo. Así, el universo se escindiría en dos líneas temporales: en una, mi abuelo ha sido vilmente asesinado; en la otra sigue vivo, y yo provengo de dicha línea temporal aunque ahora esté en otra.
Reconozco que la teoría de los mundos múltiples me chifla. Me imagino que cada vez que me enfrento a una situación donde existen dos o más elecciones posibles, mi decisión ramifica el universo, que por defecto se hace eco de todas las opciones posibles, y de algún modo me sucede todo lo que puede sucederme. Así es el multiverso: el superviviente de una tragedia aérea falleció en una realidad paralela, el equipo vencedor perdió en el universo vecino, el beso que no dimos a Elsa Pataky lo disfrutamos en el mundo que hay más allá de nuestros sentidos. Así que siempre ganamos y perdemos, somos felices y desgraciados, viajamos en metro y tomamos el autobús también. Lo importante es estar en el universo menos jodido. Yo, al menos, me alegro de estar en el universo en el que mi novela ganó el Ateneo de Sevilla, y no en el universo vecino, en el que, dado que todo es posible, lo ganó Sofía Mazagatos con una novela en la que imitaba a su idolatrado Mario Vargas Llosa.
http://www.felixjpalma.es/node/44
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Philip K. Dick: una mirada al hombre

Philip K. Dick (PKD para los "amigos") es un escritor de sobras conocido para los aficionados al género de ciencia ficción. Por cierto, él siempre ha querido ser un escritor de literatura general reconocido, pero escribía "novelitas" de ciencia ficción para poder comer y, supongo, porque tampoco se le daba tan mal. Acusado de escribir en algunas ocasiones bajo los efectos de las drogas, escritor maldito para algunos y una auténtica figura de culto para muchos, Dick es sobre todo controvertido, de ideas poco convencionales y como él ha afirmado en alguno ocasión muy propenso a meterse en líos. Asolado por numerosos traumas desde su infancia, comenzando por la muerte a las cinco semanas de su hermana gemela posiblemente por negligencia de sus padres, y con una agitada vida amorosa acumuló ideas originales y extrañas sobre la religión, hasta el punto de postular la existencia de una criatura divina a la que llamó Cebra. En su novela Sivainvi, posiblemente autobiográfica, expone sus ideas sobre esta identidad y él mismo aparece como personaje, además desdoblado, como Philip K. Dick y Lovehorse Fat, traducción de su nombre del griego al inglés y de su apellido del alemán también al inglés. Acuciado por crisis psicóticas y sueños variopintos a los que daba el poder de un oráculo, Dick llegó a afirmar que él compartía su vida en dos mundos paralelos, el nuestro y otro en el que el Imperio Romano nunca cayó y en el que él era un cristiano de nombre Tomás. Estas ideas las expone en su novela El hombre en el castillo en la cual uno de los protagonistas pasa momentáneamente de su mundo en el cual el eje había ganado la segunda guerra mundial a otro en el que, al igual que en el nuestro, esto no había sucedido así. También resultó polémica su intervención en la convención mundial de ciencia ficción de Metz, Francia, en 1977 en la que afirmó:
"[...] Algunos de ustedes saben, estoy seguro de ello, que mi
novela El hombre en el castillo utiliza este tema. En esta novela hay un mundo
paralelo en el cual Alemania Japón e Italia ganaron la Segunda Guerra Mundial.
En un momento determinado, uno de los protagonistas, el señor Tagomi, es
transportado a nuestro mundo, aquel en el cual las fuerzas del Eje perdieron.
Permanece en nuestro universo un lapso de tiempo muy breve, luego se ve
proyectado a su punto de partida, aterrorizado, inmediatamente después de darse
cuenta de lo que ha ocurrido... y evitará volver a pensar en ello ya que todo ha
sido para él una experiencia profundamente desagradable. Como japonés, este
encuentro ha sido con un universo peor que su mundo cotidiano. Para un judío, y
por razones evidentes, el nuevo mundo sería infinitamente mejor.
En El hombre en el castillo no explico realmente por qué o cómo el señor
Tagomi se ha deslizado a nuestro universo; simplemente, se sentó en un parque y
estudió atentamente una joya moderna hecha a mano, con un diseño abstracto.
Concentró fuertemente su atención y cuando alzó de nuevo los ojos se hallaba en
otro universo. Si no doy ninguna explicación a este acontecimiento es porque no
tengo ninguna solución, y desafío a cualquiera, escritor, lector o crítico, a que den
una. No puede existir ninguna por la simple razón de que todos sabemos muy bien
que un tal concepto es tan solo una premisa de ficción; ninguna persona
mentalmente sana pretenderá ni siquiera por un instante que una fantasía así
pueda existir en la realidad. Pero pretendemos lo contrario por el simple placer del
juego. Entonces, si los mundos paralelos existen, ¿cómo están conectados, si se
descubre que están realmente conectados los unos a los otros? Si se trazara un
mapa de estos universos, mostrando su localización, ¿a qué se parecería ese
mapa? Por ejemplo (pienso que es una cuestión muy importante): ¿acaso están
absolutamente desgajados los unos de los otros, o acaso se superponen? Porque,
si existe superposición, entonces problemas tales como «¿Dónde existen?» y
«¿Cómo se pasa del uno al otro? admitirían posibles soluciones. Yo digo
simplemente que si estos universos existen, si se superponen realmente, es
posible que vivamos verdaderamente, literalmente, en varios mundos a la vezgrados distintos, a cada momento del tiempo. Y aunque nos veamos los unos a los
otros viviendo, caminando, hablando, algunos de nosotros quizá habiten porciones
relativamente más grandes de lo que se podría por ejemplo llamar el Universo
núm. 1; algunos otros de entre nosotros vivirían entonces una mayor porción del
universo núm. 2, la pista núm. 2 si ustedes quieren, y así sucesivamente, y no
serían simplemente nuestras impresiones subjetivas del mundo las que diferirían,
sino que habría una mezcla, una superposición de varios mundos dando como
consecuencia diferencias objetivas y no subjetivas. Las diferencias entre nuestras
percepciones serían la resultante de este estado de hecho. Añadiré esta
fascinante proposición: puede que algunos de estos mundos superpuestos se
hallen en trance de morir, de remontar el eje lateral del que hablaba, mientras que
otros se dirigen hacia zonas de mayor realidad. Estos cambios tendrían lugar
simultáneamente fuera del tiempo lineal. Estamos hablando aquí de un proceso
que es una transformación, una especie de Metamorfosis. Rematada de forma
invisible pero muy real. Y muy interesante. [...]"
Además, el escritor mexicano Roberto Bolaño afirmó de Philip K. Dick que era a los paranoicos lo que Lord Byron a los románticos.

Sobre su relación con las drogas valgan aquí sus propias palabras del epílogo de su novela A scanner darkly (Una mirada en la oscuridad), 1977, protagonizada por un policía de paisano que al investigar el origen de una droga nueva y altamente destructiva se mete tanto en su papel de drogadicto que no acaba por diferenciarse de uno de ellos:

Esta novela se ha referido a varias personas que sufrieron un castigo excesivo por lo que habían hecho. Deseaban gozar de la vida, pero eran como niños jugando en la calle. Veían a sus amigos morir uno a uno - atropellados, mutilados, destruidos -, pero ellos seguían jugando. Todos nosotros fuimos realmente felices durante algún tiempo, por muy terriblemente breve que fuera. El posterior castigo superó todo lo imaginable: no podíamos creerlo por mucho que lo viéramos.[...]

Esta novela está dedicada a todos sus amigos que murieron a causa de las drogas.

Decir también que Philip K. Dick (1928 - 1984) tiene su propio premio de ciencia ficción desde 1984 y se concede a la mejor novela original publicada en USA. Tim Powers, William Gibson, Rudy Ruker, Robert C. Wilson y Richard Morgan lo han ganado entre otros.

Por último decir que la fama de Dick ha transcendido el papel y ha saltado a la gran pantalla en multitud de ocasiones con adaptaciones más o menos conseguidas (y algunas totalmente fallidas).
Las películas basadas en cuentos o novelas de PKD son las siguientes:

Blade Runner, Ridley Scott 1982 basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Desafío total, Paul Verhoeven 1990 basada en el cuento Podemos recordarlo todo por usted.
Asesinos cibernéticos, Christian Duguay 1995 basada en el relato La segunda variedad.
Infiltrado, Gary Fleder (2002, 2004) basada en el cuento Impostor.
Minority Report, Steven Spielberg (2002) basada en el cuento El informe de la minoría.
Paycheck, John Woo 2003 basada en el cuento La paga.
Una mirada en la oscuridad, Richard Linklater 2006 basada en la novela Una mirada en la oscuridad.
Next, Lee Tamahori 2007 basada en el cuento El hombre dorado.

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